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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 956

Ella sabía exactamente a qué se refería Nerea.

Si se atrevía a contratar a un abogado y presentar una demanda, Nerea se aseguraría de destrozarla legalmente.

¡Pero era tanto dinero!

Marisol sentía que el corazón le sangraba, y la única responsable de todo ese desastre era su propia madre.

Mientras tanto, en la casa de don Hipólito.

Emilia sacaba los regalos y provisiones que había traído en el coche, y Leonardo ayudaba a meterlos a la casa.

Don Hipólito sacó una pequeña mesa y unas sillas al patio, junto con algo de fruta y té caliente.

—Emi, muchacha, seguro vienes cansada del viaje. Ven, tómate un poco de té.

—Gracias, don Hipólito. —Emilia tomó la taza rústica y dio un largo trago con una sonrisa.

Al ver lo elegante que iba vestida, el anciano había temido que ella le hiciera ascos a sus tazas viejas de cerámica, aunque no tenía nada mejor que ofrecer. Las había lavado varias veces antes de servir.

Verla beber con tanto gusto lo llenó de alivio.

Don Hipólito tomó el cesto de mimbre del patio. —Nere, hazle compañía a tu amiga mientras se toma el té, y de paso echen un ojo a la carne que está colgada. Voy al huerto a cortar unas verduras.

Tenía planeado pasar también por la casa del jefe del pueblo, don Braulio, para comprarle un pollo y algunos huevos, y así poder preparar un buen banquete para las visitas.

Leonardo se puso de pie e intentó quitarle el cesto. —Te acompaño.

—No hace falta —dijo don Hipólito, apartándole la mano—. Quédate y limpia unos trozos de carne ahumada y unas salchichas, y saca un poco de carne adobada del frasco. Aunque llevan poco tiempo curándose, seguro que ya agarraron buen sabor.

Leonardo asintió. —Está bien, pero no traigas demasiada verdura, solo lo necesario para nosotros.

El anciano le dedicó una sonrisa a Emilia. —Entonces, muchacha, el abuelo vuelve en un ratito.

—Vaya con cuidado, don Hipólito —respondió ella alegremente.

En cuanto el anciano salió por la puerta y todos se fueron, Emilia encogió los hombros y se abrazó a sí misma. —¡Me estoy congelando!

Todo ese atuendo había sido petición expresa de Nerea, quien le indicó que debía verse impecable y profesional, con el aura de una abogada implacable.

De haber sido por ella, habría llegado con una chamarra gruesa y botas para la nieve.

Eran mucho más cálidas y prácticas para caminar, sobre todo porque venía a una zona rural donde las temperaturas bajaban bruscamente y los caminos eran de tierra.

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