Héctor Omar frunció el ceño, preocupado. —No bebas tanto.
—Estoy celebrando. Ven, Héctor Omar, este brindis va por ti.
—Yo no bebo —dijo él, quitándole suavemente la copa de las manos—. Y tú tampoco deberías. Te vas a sentir mal después.
Tras la cena, el alcohol hizo efecto en Patricia. No podía ni mantenerse en pie, así que Héctor Omar tuvo que sostenerla.
Aprovechando la situación, Patricia dejó caer la cabeza y se apoyó cómodamente en el ancho y firme hombro de él.
Héctor Omar miró a Nerea en busca de ayuda, ya que era la única otra mujer presente. —Cuñada...
Nerea notó que Patricia le estaba guiñando un ojo a escondidas.
Confiaba plenamente en la integridad de Héctor Omar. Si Patricia tenía intenciones con él, no perdía nada con darle un empujoncito.
Mostrando falsa pena, Nerea se excusó diciendo que tenía que volver al hospital para cuidar a las abuelas. —Héctor Omar, ¿te importaría llevar a Patricia a su casa?
Él cerró los puños, nervioso. —¿Y sus guardaespaldas?
—No trajo a ninguno, manejó sola —respondió Nerea.
—¿Por qué? —inquirió él.
Nadie le dio una respuesta.
Kevin dio un paso al frente y le palmeó el hombro. —Ya sabes cómo es esto, amigo. Soy alérgico a las mujeres. Te toca hacer el favor.
Héctor Omar miró a Leonardo, pero este rodeó los hombros de Nerea protectoramente. —Yo ya tengo a mi esposa, debo mantener distancia del resto de las mujeres. Te lo encargamos.
Sin más opciones, Héctor Omar bajó la vista hacia ella. —Patricia, ¿puedes caminar?
Ella negó con la cabeza, mirándolo con ojos empañados y soñolientos. —Cárgame.
Ante ese rostro de una belleza abrumadora, Héctor Omar fue incapaz de negarse. Asintió y se agachó.
Patricia le guiñó un ojo a Nerea por última vez y se acomodó en su espalda, rodeándole el cuello con los brazos.
Todos notaron que estaba fingiendo estar borracha, pero nadie dijo una palabra. Salieron juntos del restaurante y tomaron el ascensor.
Al llegar al auto, Héctor Omar abrió la puerta del copiloto y la sentó con sumo cuidado.


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