Esa mujer no era otra que Renata Quiles, quien acababa de hacer el ridículo en la fiesta de la familia de su exprometido.
Al verla regresar furiosa a casa, Marisa Peñalosa le había dado una tarjeta de crédito sin límite, diciéndole que se comprara lo que quisiera para calmar sus nervios.
Y esta ya era la tercera tienda de lujo que Renata pretendía vaciar.
Paola, la joven empleada, se inclinó ligeramente y se disculpó con cortesía: —Lo siento mucho, señorita, pero este conjunto ya ha sido apartado por esta señora.
Renata, que ya venía con un humor de perros por lo ocurrido en el banquete, estalló al ser rechazada por una simple empleada.
¡Crash!
Con un manotazo, Renata arrojó su taza de café contra la mesa de cristal.
Con el rostro deformado por la rabia, gritó: —¡Sr. Valadez! Si así es como tratan a los clientes en esta tienda, no creo que valga la pena volver jamás.
El gerente, que estaba atendiendo personalmente a Renata, palideció al instante.
Si Renata se iba furiosa, no solo perdería a una clienta de la alta sociedad, sino también a todo el círculo de herederas caprichosas que la rodeaban.
El Sr. Valadez se apresuró a disculparse con una actitud servil, rogándole a Renata que le diera la oportunidad de arreglarlo y asegurándole que le daría una solución inmediata.
Renata lo miró por encima del hombro, como si le estuviera perdonando la vida al gerente que no paraba de hacer reverencias. —Más te vale. Te daré una oportunidad para que repares esta ofensa.
El gerente jaló a Paola a un rincón y le siseó entre dientes: —¡Idiota! ¿Estás ciega? ¡No es cualquier persona! ¡Es la señorita Renata Quiles! Su familia tiene la membresía de categoría diamante. Ella es la prioridad absoluta. Ve ahora mismo y llévale ese conjunto de joyas.
Paola, angustiada, intentó explicarse: —Pero señor, estas dos señoras ya lo apartaron.
—¿Ya pagaron?
—Aún no.
El gerente ya se había dado cuenta de que el acento de las dos ancianas no era el de la élite de Rosarito.


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