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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 776

Liam se frotó la sien. —Tal vez.

...

Poco después de que Nerea y Martina llegaran a casa, Jaime Galarza regresó de la mansión Encinas.

Álvaro se había quedado allí, y Estefanía se había quedado a acompañarlo.

Jaime no llegó con las manos vacías; trajo carne asada y antojitos para Nerea y Martina.

En cuestión de segundos, la casa se llenó del irresistible aroma a especias y carbón, despertando el apetito de todos.

Nerea agitó una botella de vino tinto. —No hay cerveza, ¿les parece bien vino?

Martina asintió. —Claro que sí.

Como ya era tarde para decantar el vino, Nerea eligió uno ligero y afrutado que no lo requería.

Al servirlo, un delicado aroma a cerezas inundó el ambiente, fresco y agradable.

Los tres brindaron y comenzaron a disfrutar de la comida.

Mientras comía, Jaime preguntó: —Nere, ¿qué vas a hacer ahora?

La salud del viejo Encinas mejoraba día con día, por lo que ya no necesitaba sesiones diarias de acupuntura.

En cuanto al instituto de ciencias, le habían puesto sus proyectos en pausa para que descansara y pudiera retomarlos después de las fiestas.

Y en la empresa, con Samuel Aranda, Rodrigo Navarro y Flora Reyes a cargo, no tenía de qué preocuparse.

Su plan era ir a visitar a las familias de los camaradas caídos.

Le había pedido ayuda a Gael Carballo, y él ya le había enviado la información de las familias; por supuesto, solo con los datos básicos como nombres y direcciones.

Martina le preguntó preocupada: —Hermana Nere, yo estoy libre antes de las fiestas. ¿Quieres que te acompañe?

Las familias de sus camaradas estaban dispersas por todo el país, y algunas vivían en zonas rurales remotas que requerían largos viajes.

Nerea no quería molestarla ni hacer que Martina se agotara viajando de un lado a otro.

Sonrió y respondió: —Tienes suficiente con los preparativos de tu boda, ¿no te ibas a tomar las fotos antes de fin de año? No se preocupen por mí, el ejército enviará a alguien para que me acompañe.

Cuando Gael Carballo se enteró de su plan, decidió asignarle un escolta para evitar que la confundieran con una estafadora y, de paso, para que tuviera apoyo en el camino.

Le dio la orden al mayordomo, quien salió de inmediato para encargarse de todo.

Pronto llegó la hora del almuerzo.

Naturalmente, Nerea se quedó a comer con ellos.

Como Doña Beatriz Quiles era la invitada y la de mayor rango por su edad, fue la primera en sentarse en la mesa, seguida de los demás.

Durante la comida, Alexander Encinas le sirvió personalmente a Doña Beatriz: —Tía, sé que estos días han sido agotadores. Pruebe este platillo.

Doña Beatriz se sintió halagada y le dio unas palmaditas en la mano con gesto afectuoso: —Alexander, qué considerado eres.

Felipe Encinas añadió: —Tía, ya que rara vez visita Puerto Rosales, aprovecharé la oportunidad para llevarla a conocer la ciudad.

Tanto Alexander como Felipe eran hombres exitosos, y Doña Beatriz los apreciaba mucho.

Además, con la abuela Encinas fallecida, si querían mantener los lazos entre las dos familias, ella tendría que llevarse bien con sus dos sobrinos.

Con una sonrisa aún más amable, le respondió a Felipe: —Tu hermano mayor trabaja en el gobierno y tú siempre estás ocupado. Valoro mucho la intención, pero no es necesario que pierdan su valioso tiempo conmigo. Yo puedo salir a pasear por mi cuenta.

Al decir esto, Doña Beatriz deslizó su mirada, de forma casi imperceptible, hacia Álvaro Encinas...

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