Para Doña Beatriz Quiles, Álvaro, el tercer hermano de los Encinas, no había logrado nada relevante en la vida ni tenía grandes habilidades.
Se había casado con una mujer divorciada, haciéndose cargo de la hija de otro hombre con total gusto.
Como resultado, él era un don nadie que había criado a una joven insolente, sin modales, que por tener algo de talento se creía superior a todos y carecía de humildad.
Una bastarda siempre sería una bastarda.
Con lo brillantes que eran sus hermanos mayores, resultaba indignante que él fuera tan mediocre.
No era de extrañar que su hermana hubiera vivido tan enojada. Si ella estuviera en su lugar, también lo estaría.
De hecho, no solo estaría enojada, sino que le habría dado una buena lección a bastonazos.
Felipe sonrió: —¿Cómo vamos a dejar que pasee sola, tía? Por supuesto que yo la acompañaré.
—Felipe, de verdad no hace falta, atiende tus asuntos, y si no... —La mirada de Doña Beatriz se desvió, pasando por alto a Yolanda Linares.
Yolanda no era una mujer con la que se pudiera jugar, y además, su empresa era tan próspera como la de Felipe.
Doña Beatriz, astuta como era, sabía cuándo no convenía usar su edad para imponerse o buscar problemas.
Finalmente, clavó la mirada en Álvaro y dijo con tono dulce: —Álvaro, querido, me enteré de que ya estás jubilado, ¿es cierto?
Álvaro, habiendo crecido en la alta sociedad, no tenía ni un pelo de tonto; simplemente había tomado decisiones diferentes en la vida.
Al ser mencionado, dejó los cubiertos y respondió: —Tía, si no le molesta, yo puedo acompañarla.
Nerea miró a su padre con exagerada preocupación. —Papá, ¿no te torciste el tobillo anoche? Lo tienes hinchado como una pelota. ¿Cómo vas a salir a caminar así?
—No es nada —respondió Álvaro.
—¿Cómo que no es nada? Si no te cuidas, podrías quedar cojo.
—Lo mejor sería que contrataran a un grupo de guías turísticos profesionales para ella. Pagando el precio adecuado, el servicio será de primera. Se desvivirán por ella y la tratarán como a una auténtica reina. De esta manera, ustedes podrán trabajar tranquilos y ella recibirá el trato que se merece. Todos ganamos.
—¿Qué opina, señora Quiles? —preguntó Nerea, devolviéndole la pelota con una sonrisa radiante.
Si quería jugar a ser la ancianita amable, Nerea le daría exactamente eso.
Doña Beatriz apretó la mandíbula sutilmente, pero mantuvo una sonrisa afable y dulce.
Nadie sabía que por dentro estaba soltando las peores maldiciones imaginables.
Cuanto más benevolente se mostraba por fuera, más resentida estaba por dentro.
Al final, ante la insistencia de la anciana, Felipe se encargó de contratar un grupo de acompañantes turísticos de lujo para ella.
Pero eso a Nerea ya no le importaba en absoluto.

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