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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 775

Al llegar al hotel, Liam Santillán no subió directamente a su habitación, sino que se dirigió al piso 26.

Allí se encontraba el bar del hotel. En el centro destacaba la barra de coctelería y, a su alrededor, unos inmensos ventanales de cristal ofrecían una vista deslumbrante y melancólica de las noches de Puerto Rosales.

La iluminación del bar era tenue, con unas cuantas luces ambientales encendidas y unos pocos huéspedes esparcidos por el lugar.

Liam echó un vistazo, fijó su objetivo y se acercó.

Al oír pasos, Cristian Vega se giró con una copa en la mano. —¿Ya terminaste con eso?

Liam asintió y se sentó frente a él.

En la mesa había otra copa vacía, reservada especialmente para él.

Cristian le sirvió licor y preguntó: —¿Con hielo?

—Por favor.

Cristian le puso un par de cubos de hielo y, conociendo sus gustos, añadió una rodaja de limón antes de deslizar la copa hacia él.

El sonido cristalino de un brindis resonó en la mesa.

—¿Cómo lo resolviste? —preguntó Cristian.

Tras darle un trago a su bebida, Liam acarició el borde del vaso. —¿De qué otra forma? Conforme a la ley.

—¿Solo eso? —Cristian levantó una ceja, claramente incrédulo.

Sabía que su amigo parecía un hombre pacífico, pero en el fondo podía ser tan calculador y despiadado como él.

Y en efecto, Liam añadió: —Hace un momento, mi asistente me informó que su empresa evade impuestos y soborna a funcionarios. Ya le pedí que los denuncie de paso.

Una ligera sonrisa asomó en los ojos de Cristian. —'De paso', claro.

Liam se terminó su bebida de un trago y preguntó: —¿No dijiste que mañana salías de viaje de negocios a Rosarito? ¿No te vas a quedar unos días más en Puerto Rosales?

Cristian bajó la mirada, jugando con el anillo en su dedo. —El funeral terminó y ya vi a quien quería ver.

Ya no tenía ningún motivo para quedarse en la ciudad.

Quedarse solo serviría para causarse más dolor mutuamente.

Liam observó la alianza en su mano, pero guardó silencio.

Al fin y al cabo, ambos compartían el mismo amargo destino. ¿Qué más podía decirle?

Liam levantó su copa.

Cristian chocó la suya y ambos bebieron, acompañados por la brillante vista nocturna de la ciudad.

En ese instante, ambos emanaban un aura de soledad y melancolía que partía el corazón.

Liam levantó la vista. Su mirada era tan cortante y sombría que daba escalofríos. —¡Quita tu mano!

La chica suavizó la voz, adoptando un tono mimado y suplicante: —¡Vamos, diviértanse con nosotras!

Cuando una mujer hermosa coqueteaba, la mayoría de los hombres perdía la cabeza.

Estaba segura de que él no podría seguir siendo tan indiferente.

Pero ese día, Liam casi había sido forzado. Había inhalado una sustancia química y, aunque fue poca cantidad y había tomado la infusión de germen de loto, seguía afectado.

Al ver la actitud de esa mujer, le costaba controlar sus emociones.

Incluso sentía cierto rechazo profundo.

—¿No entienden cuando se les habla?

—¡Lárguense!

Liam no alzó la voz, pero su tono era tan opresivo y su expresión tan hostil que infundía terror.

Asustadas por su reacción, las dos chicas se dieron la vuelta y huyeron rápidamente.

Cuando se fueron, Cristian lo miró sorprendido: —¿Tanto mal humor? ¿Todavía te quedan restos de la droga en el sistema?

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