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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 709

—¡Nerea! —volvió a exclamar Valentina.

Nerea la miró con indiferencia y le contestó secamente:

—¿Se te ofrece algo?

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Valentina con una sonrisa.

Nerea levantó una ceja.

—¿Qué pasó? ¿Ahora quieres que vaya en silla de ruedas a hacerle acupuntura a la señora Encinas?

—No, no es eso, solo vine a ver cómo estabas —se excusó agitando las manos.

—Pues ya me viste. Ya te puedes ir —la corrió Nerea sin ningún disimulo.

—Sí, órale, regrésate a cuidar a tu abuela —intervino Kevin, sentándose en el sofá y cruzando las piernas—. No vaya a ser que se haga del baño y de la desesperación le dé otro ataque si no encuentra a nadie que la limpie.

Valentina estuvo a punto de borrar la sonrisa de su rostro. Decidió ignorar a Kevin y, fingiendo empatía, le habló a Nerea con voz suave:

—Nerea, mi abuela ya está grande, a veces se le van las cabras y no sabe lo que dice. Sus palabras pueden sonar duras, pero no lo hace de mala fe. Solo que tiene un carácter fuerte, pero en el fondo no es mala. No le guardes rencor. Hoy vine a pedirte una disculpa en su nombre. Tú eres muy madura, no te rebajes a pelear con una anciana. Por favor, Nerea, ¡perdónala!

Kevin soltó una carcajada y la encaró:

—¡Ay, por favor, Valentina! ¿A quién quieres engañar con tu papel de santa? Además, ¿de dónde sacas que Nerea le guarda rencor a la anciana?

—Ella es una buena persona, no se pondría a discutir con una señora que acaba de sufrir un derrame. No andes inventando cosas para manchar su reputación.

—¡Por favor, perdónala! Y cuando te sientas mejor, ve a hacerle su tratamiento de acupuntura. Te lo suplico.

—¿Acaso te hablo en chino o qué no entiendes, Valentina? —Kevin le lanzó una mirada fulminante, con el semblante ensombrecido. Su paciencia había llegado al límite y estaba a punto de estallar de rabia.

Sin embargo, ella se rehusaba a dejar pasar aquella oportunidad. Apretó los dientes y continuó con su llanto:

—Nerea, ¿qué tengo que hacer para que la perdones? ¿Quieres que me humille y me ponga de rodillas?

Dicho esto, Valentina se arrodilló de golpe frente a ella.

—¡Te suplico de rodillas, Nerea! Por favor, perdona a la abuela, no le guardes rencor.

Aún sin terminar de hablar, Valentina bajó la cabeza hasta golpear el suelo, produciendo un sonido sordo.

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