Claramente estaba intentando dejar a Nerea como la mala del cuento por no querer atender a la anciana.
—Valentina, si no te levantas ahorita mismo, le voy a hablar a los guardias —advirtió Nerea con total frialdad.
—¿De verdad no piensas perdonarla? —preguntó Valentina, mirándola con la frente amoratada por los golpes contra el piso—. ¿Qué necesitas para perdonarla y aceptar darle la terapia?
—Ve y dile a la señora Encinas que pierda las esperanzas —respondió Nerea tajante—. ¿Ya estás contenta? Ahora lárgate de mi cuarto.
Valentina siguió insistiendo con fingida preocupación:
—No digas eso por coraje, Nerea. Somos familia, hablando se entiende la gente.
Kevin estaba a punto de reventar de la rabia.
—¡Valentina, de plano te pasas de cínica!
Se levantó del sofá, la agarró del brazo con brusquedad y empezó a arrastrarla hacia la salida.
—¡Ah! ¡Kevin, suéltame, me estás lastimando! —chilló Valentina con voz aguda. Mientras forcejeaba, volteó a ver a Nerea y gritó:
—¡Nerea, sé que estás molesta! ¡Pero te pido que cuando te sientas mejor vayas a ver a la abuela! ¡Está en el cuarto 2001, por favor tienes que ir!
—¡Ya cállate el hocico! —le gritó Kevin, furioso.
Valentina frunció el ceño, haciéndose la víctima.
—Kevin, me duele.
—¡Lárgate! —exclamó él empujándola fuera de la habitación. Luego señaló hacia los guardaespaldas y les advirtió—: Fíjense bien en ella. Tiene prohibido el paso a partir de hoy.
Tras decir eso, cerró la puerta de un portazo.
La habitación por fin quedó en silencio. Kevin seguía muy alterado; su pecho subía y bajaba rápidamente y apretaba los dientes con tanta fuerza que se escuchaba el crujido. Si él estaba así de enojado, ¿cómo se sentiría Nerea?
¡Zas!
De repente, él mismo se dio una cachetada.
—¿Cómo de que no? Tienes que salir a hacerte estudios. Si te la topas, con lo descarada que es, quién sabe qué berrinche te vaya a armar enfrente de todos y te va a meter en problemas otra vez.
Mientras hablaba, le marcó a Doña Salomé y se puso a contarle todo lo que acababa de pasar, poniéndole bastante de su cosecha para sonar más indignado.
Doña Salomé era una mujer con muchos contactos. No pasó mucho tiempo antes de que los altos mandos del hospital se comunicaran directamente con Alexander.
Mientras tanto, en la habitación de la señora Encinas.
Valentina había llegado llorando a mares. De inmediato sacó el celular y le puso la grabación a la anciana.
Al escuchar las frías palabras de Nerea, la señora Encinas sintió que le hervía la sangre del coraje. De la impotencia, comenzó a llorar a gritos, babeándose y llenándose la cara de lágrimas.
Valentina, disimulando su asco, la limpió con delicadeza.
—Tranquila, abuela. Ya pensaremos en algo.
Al ver la frente lastimada de su nieta, sus ojos hinchados por el llanto y la forma tan atenta en la que la cuidaba, la anciana, temblando por el esfuerzo, le apretó la mano con todas sus fuerzas.

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