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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 708

Al enterarse del segundo derrame de la señora Encinas, Doña Belén sintió un gran alivio y pensó: «¡Se lo tiene bien merecido, es el karma!». Sin embargo, sabía que la mujer no dejaba de ser la madre de Álvaro. Por más mal que se hubiera portado y por mucho que lo hubiera lastimado, los lazos de sangre no se borraban de la noche a la mañana.

Por consideración a Álvaro, Doña Belén mantuvo un semblante serio e indiferente, y prefirió no hacer ningún comentario en voz alta.

Pero en cuanto Álvaro salía de la habitación, aprovechaba para decirle a Nerea en secreto:

—No se te vaya a ocurrir ir a hacerle tus tratamientos de acupuntura a esa señora. Es una vieja malagradecida, ¿para qué la vas a salvar? Si la curas, nomás te va a seguir haciendo la vida de cuadritos.

Nerea le dio unas palmaditas en la mano y la tranquilizó con una sonrisa:

—Abuela, sigo siendo la paciente. Apenas y tengo fuerzas para moverme, menos voy a poder sostener las agujas. ¿Cómo crees que la voy a tratar?

—Y cuando te recuperes, tampoco se te ocurra atenderla —insistió Doña Belén—. A ver si así se le quitan las ganas de andar fastidiando.

Nerea asintió entre risas para darle por su lado:

—Está bien, prefiero curar a un perro callejero antes que a ella, a ver si no hace coraje.

Solo entonces Doña Belén sonrió satisfecha.

Por otro lado, la habitación de la señora Encinas apestaba a horrores. Valentina, aguantándose las ganas de vomitar, le ayudó a la enfermera a asearla y cambiarle la ropa.

La anciana, frustrada por no poder controlar sus esfínteres, se puso de un humor de los mil demonios y estaba insoportable.

Valentina inventó una excusa para salir al pasillo a tomar aire.

Soltó un largo suspiro de alivio.

De pronto, notó por el rabillo del ojo una silueta a lo lejos que se parecía mucho a Kevin Rojas. Llevaba una gabardina negra que ondeaba con cada paso, dejando a la vista sus largas piernas enfundadas en un traje impecable; lucía sumamente elegante y guapo.

Valentina afinó la vista y confirmó que, en efecto, era él. Sus ojos se iluminaron de inmediato y corrió a su encuentro.

—¡Kevin!

A excepción de su abuela y de Nerea, Kevin procuraba mantener su distancia con el resto de las mujeres. Dio un paso hacia atrás y enarcó una ceja.

Kevin levantó una ceja. Conocía de sobra cómo era Valentina. Sabía que antes se la pasaba buscando pleito con Nerea y que no se llevaban nada bien. ¿A qué quería ir a verla entonces?

Lo peor para un enfermo era hacer corajes. Si Valentina iba, Nerea se iba a poner de mal humor. Así que le contestó sin pelos en la lengua:

—Mejor ni vayas. No quiero que vayas a apestar la habitación y afectes la recuperación de mi amiga.

—Kevin, ¿cómo puedes decirme eso?

—Solo digo la verdad.

—Nerea es mi hermana. Si estamos en el mismo hospital, es obvio que tengo que ir a verla.

Valentina estaba decidida a acompañarlo. Por más grosero que hubiera sido él, no iba a cambiar de opinión.

En la habitación de Nerea.

—¡Nerea! —exclamó Valentina con un tono falso de cariño.

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