—¡Vaya, estás bien enterado! —Ella también estaba en Inglaterra, ¿cómo era posible que no supiera nada de esos minidramas sobre patanes?
—Esas productoras de miniseries son de aquí y se distribuyen al extranjero —respondió Adrián con la misma cara de siempre—. Anna está aprendiendo nuestro idioma y por eso las ve.
Olivia asintió.
—¿Julián te trata bien? —le preguntó Adrián.
Olivia lo pensó un momento.
—Sí, muy bien.
—Qué bueno —dijo él con tono apagado.
Los dos volvieron a quedarse en silencio. Frente a ellos el tráfico no paraba, las bocinas sonaban sin cesar, pero todo a su alrededor se sentía extrañamente quieto, como si estuvieran aislados del bullicio.
Olivia revisó el celular: el auto todavía tardaba cuatro minutos y estaba varado en el mismo punto, sin moverse. El tráfico era insoportable. Pensó que mejor volvía al restaurante a sentarsea esperar.
Apenas iba a irse cuando Adrián habló de nuevo:
—Ambos pertenecen al mundo de la danza y comparten la misma pasión; profesionalmente, son el impulso que el otro necesita.
Olivia lo miró, confundida. ¿Qué quería decir con eso?
Adrián pareció ver la confusión en su cara y sonrió
apenas.
—Nada, solo quería desearte lo mejor. Espero que de aquí en adelante siempre seas feliz.
—Claro —Olivia asintió—, seguro voy a ser feliz.
Adrián volvió a sonreír, pero era un gesto frágil, una curva desdibujada y tan leve como el paso de una nube.
Federico, que seguía colgado de su hombro, soltó
varios chasquidos con la lengua y le dio un golpecito en el pecho.
—¿No te sientes mal? ¿En serio no te sientes patético? A mí me da pena ajena... y encima le deseas felicidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia)