El tiempo pasó volando.
Poco después de Año Nuevo, Julián recibió la carta de aceptación de la universidad: iba a seguir los pasos de Olivia y cursar la maestría. Lo dramático era que duraba un año y Olivia se graduaba ese semestre.
Julián estaba inquieto.
Por la noche preparó una cena especial, y en varias ocasiones estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo. Olivia lo notó enseguida. Se suponía que recibir la carta de aceptación era motivo de alegría;
habían ido a celebrar con él, pero estaba tan nervioso que montó toda una escena formal e incluso mandó a su hermana fuera de casa, dándole dinero para que fuera a cenar con sus amigos.
Olivia se sentó, apoyó la cara en ambas manos y le sonrió.
—Julián, es un día para celebrar y estás con esa cara de funeral. ¿Estás enojado porque no te di un obsequio?
Él se avergonzó con el comentario.
—No, para nada.
Olivia echó un vistazo a la mesa. Lo único que ella había preparado eran las galletas de mantequilla;
bueno, más bien lo único en lo que había participado:
Julián lo hizo todo y a ella le tocó abrir la puerta del horno.
—Como premio por tu ingreso a la maestría, te regalo una galletita. —Tomó una y se la acercó a la boca.
Él la mordió, pero sus ojos seguían mirándola con esa ternura húmeda de siempre. Esa mirada que a ella le quitaba las ganas de seguir bromeando.
No le quedó más remedio que decir con una sonrisa:
—Bueno, ya te di tu premio. Ahora, ¿qué premio me vas a dar a mí?
Julián parpadeó, sin entender a qué se refería.
Olivia giró los ojos con picardía.
—Voy a seguir con el doctorado. ¿Qué premio me das?
—¿En serio? —Se le iluminó la mirada—. Y yo que estaba preocupado.
En su emoción, rodeó la mesa corriendo, la levantó en brazos y dio vueltas con ella. Solo cuando la euforia se le calmó la bajó, y la estrechó con fuerza.
—Estoy tan feliz... Estoy en tu futuro, ¿verdad?
Olivia le rodeó la cintura con los brazos.

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