Adrián se quedó estupefacto durante todo el intercambio; ni siquiera alcanzó a decir una palabra. El abogado también estaba sorprendido. ¿No que el señor Padilla era el más accesible de los dos?
Nico todavía le asestó el golpe final:
—¿Y tú en serio eres abogado? ¿No revisaste el expediente de tu clienta antes de aceptar el caso?
Esa mujer casi envenena al señor Vargas, ¿y crees que es tan imbécil como para salir de fiador por ella?
El abogado se acomodó los lentes.
—Por supuesto que lo revisé, pero Paulina me aseguró que el señor Vargas no le guardaba rencor.
Dice que su intención original nunca fue hacerle daño, y que ella es la persona que él más ha querido en la vida. Que sin importar lo que haya hecho, él la ayudaría una última vez, por lo que fueron en el pasado.
Luego, mirando a Nico, carraspeó un par de veces.
—Y también dijo que usted, señor Padilla, era el más comprensivo, el que siempre la protegía.
—¡Mentiras! —Nico estalló—. Él será imbécil, ¡pero yo no!
Adrián no daba crédito a que Nico lo llamara imbécil por segunda vez.
—Te lo advierto, Adrián: más nos vale no meternos en este caso, pero si lo hacemos, lo que queremos es que se pudra en la cárcel.
Dicho eso, Nico echó al abogado, cerró la puerta de un golpe, se dio la vuelta y encaró a Adrián.
—Listo, ya lo corrí. Si vuelve, no se te ocurra ablandarte.
Lo que más le preocupaba a Nico era eso de que "el señor Vargas la ayudaría una última vez por lo que fueron en el pasado". Sabía que Adrián no iba a volver con Paulina, pero ¿que no la ayudaría una última vez?
De eso no estaba tan seguro.
*** El abogado salió del edificio completamente aturdido.
¡Esto no se parecía en nada a lo que Paulina le había contado!
Empezaba a sospechar que las siguientes personas a las que tenía que ir a ver lo recibirían igual.

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