Entonces, en la pantalla gigante del auditorio apareció
la oficina de Adrián captada por las cámaras de vigilancia.
Beto quedó atónito. ¿Desde cuándo había cámaras en la oficina de Adrián? ¡Así que desde el principio había estado tomando precauciones! ¡Y eso hacen los grandes amigos! ¿Un verdadero amigo desconfiaría de esa manera?
Pero quien estaba más destrozada era Paulina. Si la oficina de Adrián tenía cámaras de vigilancia, entonces ella había quedado expuesta.
Y así fue. En la grabación apareció su figura, caminaba de puntillas y miraba en todas direcciones a cada paso mientras recorría la oficina de Adrián.
Luego, la cámara captó con claridad cada uno de sus movimientos: agregó algo al tanque del purificador de agua y, más aún, untó algo en la taza de Adrián.
Él tomó el micrófono y explicó desde un costado:
—En el video de vigilancia se puede ver la marca de tiempo. Desde ese momento, no volví a entrar a mi oficina, y nadie más entró tampoco. La grabación completa, cada cuadro, cada segundo, se conserva intacta, sin ninguna alteración. Voy a pedir la intervención de la policía para que determine qué fue lo que la señorita Castillo depositó allí. Además, les pido que escuchen un audio.
La grabación de vigilancia terminó y una conversación volvió a sonar en los altavoces.
"Disculpe, este celular es de este caballero, ¿no...?"
A partir de ahí se reprodujo toda la conversación de la noche en que Paulina invitó a Adrián a cenar: Paulina y Beto discutiendo cómo descifrar la contraseña del celular de Adrián, lo que encontraron al desbloquearlo, cómo averiguaron la contraseña del correo electrónico y qué contenía.
Todo, con absoluta claridad.
El auditorio estalló en caos otra vez.

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