Beto sintió un escalofrío: "¿Qué está pasando?"
Miró a Paulina y vio que también estaba pálida.
"¡Esa estúpida!"
La maldijo por dentro.
La grabación seguía:
—Si me quieres ver la cara con algún truco, tu hija va a acabar muy mal. ¿El celular? ¡Dámelo! ¡Apágalo! Ni se te ocurra grabar nada. Escúchame bien: aquí tengo un paquete con un polvo. Lo pones en la comida o en el agua, me da igual, pero te aseguras de que Olivia y el joven Rossi lo ingieran. Si lo logras, te doy quinientos mil dólares. Además, les tramito la salida del país a ti y a tu hija, la mando a estudiar al extranjero, lejos de tu exmarido, donde nunca las encuentre.
—Pero... ¿qué es ese polvo? ¿Qué les va a pasar?
—Ja, si lo toman, o se mueren o quedan en coma para siempre. Y si también quieres acabar con todo, pues muérete con ellos; yo me encargo de tu hija.
—Señorita Paulina, solo soy una empleada doméstica, no puedo hacer algo así... Me da miedo...
—¿Miedo? ¿Te da más miedo que vaya a buscar a tu hija a su colegio? No me salgas con trucos, de nada sirve cambiarla de escuela. Adonde la mandes, la encontraré. No querrás que le pase algo, ¿verdad?
Eso sí, no le voy a hacer nada grave: solo voy a mandar a unos niños a que la molesten, todos los días.
Después se escuchó el llanto de Rosa.
—¡No me llores! Tus jefes todavía no se mueren y ya estás de luto. Ya habrá tiempo para llorar cuando estén muertos. Y otra cosa: si la policía llega a investigar, te echas la culpa. Invéntate un motivo para el envenenamiento, pero a mí no me metas. Quédate tranquila, si te encierran, los quinientos mil dólares se los doy a tu hija, y de todas formas la mando a estudiar afuera.
Los presentes escuchaban la grabación con la mirada fija y los ojos desorbitados. Aún había más:
—Pero si me delatas, no se te olvide que tú pusiste el veneno, tú eres la asesina, vas a caer igual; lo único que cambia es que caigo yo también. Y entonces tu hija se queda sin nada, sin nadie que la cuide, y quién sabe si un día aparece muerta en algún descampado.

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