En ese momento, Adrián descubrió que su celular había desaparecido.
—¿Cómo que no encuentras tu celular? ¿No estará en el auto? ¿Por qué no vas a ver? —urgió Paulina, echando un vistazo a la laptop que Adrián llevaba consigo.
Él entrecerró los ojos.
—Déjame ir a revisar.
Se levantó y salió, solo que al hacerlo se llevó también la laptop.
Paulina se quedó mirando la laptop en sus manos, boquiabierta: ¿para qué se la llevaba? ¿Cómo iba a revisarla ahora? ¡Y ella que creía que el destino le estaba echando una mano!
Sin embargo, apenas salió Adrián, antes de que pudiera recorrer el pasillo de los privados, la puerta de uno de ellos se abrió. Alguien le tapó la boca desde adentro y lo jaló hacia el interior. La puerta se cerró
tras él.
—Señor Vargas, por favor, coopere. No vamos a hacerle daño —dijo el sujeto a sus espaldas, tapándole la boca y hablando en voz baja.
Mientras tanto, Paulina se devanaba los sesos en el otro privado, pensando cuál sería su siguiente movimiento. Justo cuando estaba sumida en sus cavilaciones, alguien tocó la puerta.
—Buenas, servicio de mesa —dijo la persona del otro lado.
—Pase —respondió Paulina de mal humor.
Entró un mesero vestido con una camisa blanca y corbatín, con un celular en la mano.
—Buenas, este celular debe ser de su acompañante, ¿
no? Hace un momento estuvo preguntando en recepción por él y lo encontramos.
Paulina lo vio y efectivamente era el celular de Adrián.
¡Al final sí la estaba ayudando el destino! Se apresuró
a asentir.
—¡Sí, sí, es de él!
El mesero no quedó del todo convencido.
—Disculpe, ¿cómo puede comprobar que es de él?

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