El caso de divorcio entre Renata y Beto llegó a juicio.
Celeste la acompañó a la audiencia. Ambas partes contrataron abogados.
Renata solicitó el divorcio alegando ruptura irreparable de la relación, y presentó pruebas de las múltiples infidelidades de Beto con distintas mujeres.
Beto, que ya había dicho que jamás se rebajaría a suplicarle a Renata y que se las iba a hacer pagar, aceptó el divorcio.
Este caso, en el que aparentemente ambas partes coincidían en la separación, por un momento hizo pensar que quizás no era necesario pasar por un proceso judicial y que bastaría con un divorcio por mutuo acuerdo en el registro civil.
Pero el verdadero punto de conflicto estaba en la repartición de bienes y la custodia de Lucas.
Beto quería al niño.
Eso era algo que Renata no esperaba. Beto era un hombre frío y desapegado, que jamás le había dedicado tiempo a su hijo. La palabra "papá", para Lucas, no era más que un título vacío y lejano.
El abogado de Beto argumentó que Renata llevaba años sin trabajar y que, como ama de casa, no tenía capacidad económica para hacerse cargo del niño.
Con eso buscaba quedarse con la custodia.
Sin embargo, el hecho de que Renata no se lo esperara no significaba que estuviera desprevenida.
Su abogado presentó ante el tribunal las pruebas de que ella había criado a Lucas sola durante todos esos años y de que Beto nunca estuvo presente. En particular, Renata conservaba los registros de chat:
cada vez que el niño se enfermaba y ella le pedía que volviera a verlo, él no respondía o se negaba. Todo eso fue presentado como evidencia.
Y la prueba más contundente fue el expediente médico que demostraba que Beto había recibido tratamiento en un hospital por cierta enfermedad de transmisión sexual, con lo que quedaba probado que llevaba una vida de promiscuidad y excesos, y que era portador de una infección contagiosa, lo cual no lo hacía apto para criar a un niño.

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