Adrián fue palideciendo entre los murmullos de la gente, pero tenía que seguir implorando:
—Olivia, te lo ruego, ¿podemos dejar a la policía fuera de esto? En serio puedo aceptar cualquier condición que me pongas.
Olivia sostenía a su abuela y rio con burla.
—Tranquilo, no voy a llamar a la policía.
Adrián se alegró y suspiró aliviado.
—¿En serio?
—¡Claro! Aunque... —ese "aunque" hizo que a Adrián y a Paulina, detrás de él, se les hiciera un nudo en el estómago.
El odio asomó como relámpago en los ojos de Olivia.
—Adrián, ¿me crees si te digo algo? En serio pensé en que termináramos en buenos términos. Hasta hoy, eso era lo que quería: no volver a vernos nunca más, ese iba a ser el mejor final.
Pero no... no debieron meterse con su abuela.
—Entonces ahora... —Adrián no entendía qué había detrás de esas palabras.
—Ahora... —La mirada de Olivia se dirigió hacia Paulina, detrás de él—. Te cumplo lo que te dije, no voy a llamar a la policía.
Dicho eso, tomó a su abuela del brazo.
—Abuelita, vámonos.
Por supuesto que no iba a llamar a la policía. Con lo que pasó, ¿de qué serviría? ¿Que Paulina dijera que se tropezó con el vestido y sin querer empujó a la empleada? ¿Que la empleada golpeó el estante por accidente? ¿Y luego qué? ¿Una disculpa? Ni siquiera lograría que cubrieran los gastos médicos, porque el herido era Adrián.
Hay muchas cosas que, sin policía de por medio, se resuelven más fácil.
A lo lejos, todavía se oían las voces atropelladas dentro de la tienda: la dueña discutiendo con Adrián sobre si ir al hospital, sobre quién asumía la responsabilidad si no se llamaba a la policía. Él, por supuesto, insistía en hacerse responsable de todo. Y, por encima del alboroto, sobresalía el lamento quejumbroso de Paulina.
La dueña le pidió que se quitara el vestido de novia;
ya no quería vendérselo y les pedía que se fueran.

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