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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 368

También sentía que parecía un idiota. Todo lo que había preguntado hace un rato no era más que hablar por hablar.

Santiago era de esos que por fuera lucían refinados, elegantes, con sus lentes de armazón dorado, pero en el fondo era sumamente calculador. Los padres de Olivia y todo su entorno eran gente a la que él ya había sacado de su vida hace tiempo; ¿por qué iba a preocuparse por ellos ahora?

Adrián se había enterado de que los padres de Olivia estaban en el centro de detención preventiva y no querían salir. Alguien había ido a tramitarles la fianza, pero ellos mismos se negaron. La razón también la sabía: adentro estaban más seguros que afuera. En cuanto pusieran un pie fuera, Santiago no los dejaría en paz. Y con los métodos de Santiago, los castigaría sin dejar rastro, porque él era un Rossi.

Que el joven Rossi, a tan corta edad, se hubiera abierto camino entre una familia tan poderosa hasta convertirse en el líder del clan era, sencillamente, una leyenda.

Lo que nunca se imaginó fue que Santiago resultara ser ese líder.

Adrián rio con desdicha. Tampoco sabía qué le pasaba: por qué de un tiempo a la fecha todo le sabía amargo. La comida le sabía amarga, el agua; hasta el aire parecía tener un tono de amargor.

Por la tarde, Nico fue a su oficina a organizarle una salida a cenar. Irían Beto y Paulina también. Adrián estaba sentado detrás de su escritorio y sintió una apatía absoluta.

—Olvídalo, estoy agotado. Vayan ustedes, yo pago.

—Adri... —dijo Nico—. ¿Crees que a mí me falta dinero para pagar una cena? Solo noto que llevas varios días sin sonreír y quise que nos juntáramos los amigos, a ver si te animabas un poco.

Adrián negó:

—No tengo ganas de ruido. Olvídalo.

—Adri, ¿qué te pasa? —Nico lo miró con preocupación —. Antes lo que más te gustaba era reunirte con nosotros; bastaba con que estuviéramos juntos para que olvidaras cualquier problema.

Adrián se quedó inmóvil. ¿Qué le pasaba? Ni él lo sabía. Era una repulsión natural: ya no quería salir.

—Quizá... me estoy haciendo viejo —dijo—. Uno se cansa del bullicio y prefiere estar solo, en silencio.

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