Habíamos terminado de desayunar y Derek se puso a mandar mensajes.
―Ya me tengo que ir, pequeña ―dijo tras guardarse el celular en el bolsillo.
―Ya era hora que fueras a trabajar. A este paso ibas a terminar en quiebra ―dije con ironía, tomando de mi taza de café.
―¿No me extrañarás mientras no estoy en casa? ―Pellizcó mi mejilla.
Fingí el mayor gesto de fastidio que pude, aguantando las ganas de reírme.
―No, para nada.
―Mentirosa ―Se levantó de la silla y me dio un beso en los labios―. Volveré en una hora, será una reunión rápida.
―Está bien ―dije con las mejillas cubiertas de rubor. No podía continuar bromeando si lo tenía tan cerca.
Se despidió, y quedé yo sola, con mis pensamientos. Me puse a recoger la mesa cuando entró Carla.
―No, no, yo me encargo ―Me dio un ligero manotazo de advertencia, pero no fue suficiente para hacerme apartar las manos.
―Yo te ayudo ―dije, llevando los platos a la cocina con ella siguiéndome de cerca.
―Buenos días, señora Fisher ―Me saludó la cocinera.
―Buenos días, Ana. El desayuno te quedó riquísimo ―Dejé los platos en el fregadero y un olor dulce invadió mi nariz―. ¿Qué huele tan delicioso?
―Oh, es la tarta de zarzamora que está en la ventana. Quiero que se repose para poder meterlo en la nevera ―dijo Ana, trayendo consigo el causante de mi nuevo antojo―. Creo que ya está listo.
Las tres rodeamos el postre como si fuera un sacrificio. A Derek le encantaba la tarta de zarzamora, en cambio, yo, no era muy amiga. Y esa era una forma decente de decir que me desagradaba el sabor, pero aquí estaba, siendo atraída por el olor.
―¿Y si nos lo comemos entre nosotras? ―Sugerí.
Con suerte, Ana podrá hacer otra tarta antes de que llegue. Y si no tenemos suerte, diremos que un oso entró a la mansión y se comió la tarta.
Ya casi habíamos acabado el exquisito postre, cuando se escuchó un golpe en la cocina. Sentí la mesa vibrar y creo que no fui la única, porque terminamos compartiendo miradas entre todas.
De pronto, el golpe se volvió a escuchar, pero diez veces más fuerte, y lo siguió otro estruendo mucho más fuerte, como si estuvieran derribando la mansión.
¿Estábamos en guerra o qué carajos?
Las tres salimos corriendo al exterior, deteniéndonos afuera de la entrada. Entonces lo vimos, una camioneta había derribado el portón y conducía frenético alrededor de la fuente. Iban muy rápido y terminaron chocando la parte trasera del coche contra la misma fuente.
Ambas puertas delanteras del coche fueron abiertas, dejando al descubierto a dos seres que no me provocaba ver ni en pintura. Es más, deseaba verlos sufrir de la misma forma que sufrió Martín, por todo lo que le hicieron a Derek.
Katherine y Rodolf Fisher.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...