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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 148

Metió su pulgar en mi boca, explorando el campo, inspeccionando.

―Usa los labios para cubrir tus dientes. No te atrevas a morderme ―Advirtió con la voz ronca. Era notorio que ya lo estaba disfrutando a pesar de aún no hacer nada. Pero esto le gustaba. Le gustaba tener el poder, el control.

Sentía que me estaba metiendo en la cueva de un lobo.

Una vez que sus dedos abandonaron mi boca, la cerré de golpe.

Tomó mi cabello y tiró de el, obligándome a subir la mirada.

―¿Qué haces, querida esposa? ¿Cómo piensas chupar mi verga con la boca cerrada? ―Me mirada desde arriba, altanero y con ese matiz de suficiencia que lo representaba―. O, ¿es tu manera de decirme que prefieres que use tu coño?

Sus ojos me devoraban. Él estaba disfrutando esto, y yo, ¡Válgame el universo! Estaba mojadísima.

―Abre la boca ―ordenó nuevamente.

Lo obedecí, sintiendo el pulso acelerado. Podía escuchar los latidos de mi corazón cada vez más fuerte mientras veía como se desabrochaba el pantalón. Expuso su miembro ante mí. Jamás lo había tenido tan cerca de la cara.

Tragué saliva.

Ya lo había tenido muchas veces en mi zona íntima, causando un placer absoluto y desolador. Era consciente de lo placentera, pero también peligrosa, que podía llegar a ser esa arma.

Y no creía que fuera capaz de entrar en mi boca, pero creo que dije algo parecido cuando entró a mi vagina.

―Si es demasiado para ti, dale un golpe a mi muslo dos veces ―dijo al instante que comenzó a introducir su miembro.

Tenía que abrir mi boca más de lo necesario, causando tensión en la mandíbula. Los ojos se me humedecieron al instante. Llegó al fondo de mi garganta, sentí la necesidad de apartarme cuando las nauseas se apoderaron de mí, pero estaba contra la pared y el sostenía mi cabeza por ambos lados. Tomé su pantalón entre mis dedos, estrujándolo. Y aún así, no le golpee los muslos.

Las lágrimas corrían por mis mejillas y sentía que me ahogaba.

Sacó su miembro y me permití toser con libertad. Había estado unos segundos en mi boca y fue suficiente para atragantarme.

―Que bonita te ves ―Su voz era como el ronroneo de un gato. En su cara estaba dibujada una gran sonrisa siniestra, disfrutando con mi sufrimiento.

Los pezones se me endurecieron a través de la tela y él lo notó. Mientras usaba una de sus manos para sostenerme la barbilla y obligarme a tener la cabeza en alto; bajó la otra a mis pechos, acariciando mis adoloridos pezones. No podía ver que estaba haciendo, pero podía sentirlo todo.

Un gemido escapó de mis labios al sentir como su uña presionaba mi carne con delicadeza, causándome escalofríos. Mis pechos jamás fueron sensibles, pero con él, parecía que estuviera a punto de derretirme entre sus dedos. Era doloroso, pero también era tan placentero.

Bajó la parte superior del vestido, dejando mis pequeñas tetas al aire.

Estaba a su completa merced.

Volvió a su posición original y tuve que enfrentarme de nuevo a su virilidad. No tuvo que decirme nada, abrí la boca y tomé el miembro entre mis labios.

―Pareces una completa guarra ―Jadeó.

―Déjame comprobar algo ―Su mano bajó por el ruedo de mi vestido y se perdió dentro de el. Tocó mi zona más sensible por encima de las bragas. Me estremecí al instante―. Lo sabía, estás completamente empapada.

Puso sus dedos viscoso frente a mí, para a continuación, restregarlos por mi rostro.

―Vamos a casa, para poder cogerte sin restricciones ―ofreció y me ayudó a ponerme en pie. Puso mi vestido en su lugar, cubriendo mi busto.

Usó papel higiénico para limpiarme el rostro y el cuerpo, pero eso no era suficiente. Seguía sintiéndome sucia, lasciva y dispuesta a recibir más.

Me tomó la mano, ayudándome avanzar. Se detuvo frente al cubículo donde por fin pude ver a lo que en algún momento fue un ser humano, y ahora parecía una carne molida, más roja y morada que color carne.

Derek sacó su billetera y esparció varios cientos de dólares por el cuerpo del hombre inconsciente.

―Por las molestias ―dijo con sorna, riéndose con ganas.

En la mesa, nos esperaba el mesero con los platos ya servidos.

―¿Les gustaría que le calentamos la comida, mis señores?

―No será necesario. Lo queremos para llevar. Y su gerente dijo que es cortesía de la casa, como agradecimiento por mi generosidad ―habló Derek con seguridad.

Si hicieran una película con este hombre, en definitiva sería el villano.

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