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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 834

Álvaro sentía una molestia en el pecho y decidió decirla.

—Isabela, en el futuro, si otra mujer va a buscarte y te pide que me pongas precio, diles que no tengo precio.

Isabela se quedó atónita un segundo y luego se rio.

—¿Te parece que diez mil millones es muy barato?

»Está bien, está bien. La próxima vez que Valentina venga a regatear, le diré que eres incalculable.

Para Álvaro, diez mil millones le parecía poco, aunque fuera una cantidad que mucha gente no ganaría ni en varias vidas.

—Isabela, la persona que me gusta eres tú. Aparte de ti, no me va a gustar nadie más. No importa si es Valentina o cualquier otra quien te busque, no les hagas caso.

»Solo tienes que saber que te amo y que estoy dispuesto a esperarte toda la vida.

Sentía que había estado soltero tantos años solo para esperarla a ella.

—Álvaro...

—Isabela, ya no te quito más tiempo. Trabaja tranquila, yo también tengo cosas que hacer.

Álvaro no la dejó continuar, temiendo que ella volviera a decirle esas palabras de rechazo.

Colgó el teléfono rápidamente.

Isabela dejó el celular sobre la mesa, pensativa. Pasó un buen rato antes de suspirar.

Luego se recompuso y volvió a concentrarse en su trabajo.

A mediodía, Elías apareció de nuevo. Decía que quería invitarla a comer y le trajo un «ramo» hecho de billetes.

Los empleados de la empresa se quedaron boquiabiertos al ver a Elías cargando aquel arreglo de dinero. Todos estaban impresionados.

El señor Silva realmente no se rendía con la señorita Romero. Llevaba tanto tiempo intentándolo, y aunque ella le había dejado claro que no volverían, él seguía insistiendo.

Como la señorita Romero no aceptaba rosas, ahora le traía dinero.

Y era un ramo bastante grande.

—Isabela, anoche tuve una mala actitud. Te pido una disculpa formal. Este ramo es para ti; si lo aceptas, significará que me perdonas.

»Te lo he dicho mil veces y no escuchas, sigues y sigues... Perdón, quedé de comer con un cliente, me tengo que ir.

Lo estaba corriendo.

Elías apretó los labios y luego dijo con voz suave:

—Está bien, ve a ver a tu cliente. Yo... iré a comer. Te invitaré el fin de semana.

Dicho esto, la miró profundamente por un momento, se dio la media vuelta con su ramo de billetes y se marchó.

No hizo lo de siempre, eso de que entre más lo rechazaba, más se aferraba.

Isabela ya estaba lista para llamar a seguridad, pero le sorprendió que hoy estuviera tan dócil y no insistiera en acompañarla con el cliente.

Cuando Elías se fue, Isabela salió de su oficina y cerró la puerta.

Apenas iba saliendo del estacionamiento de la empresa en su coche, cuando un Mercedes negro le bloqueó el paso. Tuvo que frenar de golpe para no chocar.

¿Quién era? ¿Buscaban provocar un accidente para cobrarle?

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