Hacía un momento, cuando estuvieron tan cerca, pudo oler claramente el suave perfume que ella desprendía. No era un sueño; era real.
Estaba a su lado, tan real, justo frente a él al despertar, al alcance de sus manos.
Pero el brillo en su mirada se apagó de golpe. ¿De qué servía que estuviera ahí? Tarde o temprano tendría que regresar a los brazos del otro hombre.
Su Magda ya no le pertenecía.
Magdalena acercó la cuchara a sus labios. Al ver que él la miraba embelesado y no habría la boca, fingió enojarse.
—Si no comes, me voy a molestar.
Lázaro parpadeó, abrió los labios pálidos y aceptó la comida.
Durante los días siguientes, Magdalena se la pasó yendo y viniendo entre la Mansión Jiménez y el hospital, lo que no tardó en despertar el descontento de Susana.
Debido a su nuevo trabajo, Fabiola llegaba a casa todas las noches alrededor de las nueve.
Después de la cena, Ignacio Jiménez se retiró de la mesa y Sebastián regresó a su cuarto a revisar el montón de documentos que Renato le había tirado para que estudiara. Susana detuvo a Magdalena, justo cuando ella y Renato se preparaban para ir a dar un paseo y hacer la digestión.
Al ver el semblante severo de su suegra, Magdalena miró de reojo a Renato.
Renato le apretó ligeramente los dedos, dándole a entender que pasara lo que pasara, él estaba ahí.
Magdalena se acercó y se sentó en el sofá. Renato no se alejó; se quedó de pie junto a ella.
A Susana le molestó un poco ver a su hijo tan protector. ¡Ella era su madre! ¿Por qué nunca se preocupaba tanto por ella?
—Ve a ocuparte de tus asuntos —le dijo Susana a Renato.
Pero Renato no se movió; con un gesto sereno y voz calmada respondió.

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