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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 762

Magdalena se dio cuenta de eso a través de las palabras de la suegra, y le aseguró una y otra vez que tendría cuidado para que nadie le tomara fotos.

Susana soltó un suspiro de resignación.

—Olvídalo. Ya estoy vieja; de ahora en adelante solo me voy a dedicar a vivir tranquila y consentir a mi nieto. Los asuntos de ustedes, los jóvenes, ya no los puedo controlar, y tampoco quiero hacerlo.

Dicho esto, se levantó en dirección a las escaleras. Zoraida la siguió, diciéndole algunas palabras para calmarla.

Magdalena se quedó sentada en silencio. Sus pobladas pestañas ocultaban su mirada, escondiendo sus emociones. Solo se notaba cómo se mordía ligeramente el labio inferior.

Renato caminó hacia ella y se quedó de pie frente a ella durante un par de minutos. Ella no reaccionó en absoluto, perdida en sus propios pensamientos.

Él extendió la mano y le levantó el mentón. La expresión abatida de su rostro de porcelana no le pasó desapercibida. Con un gesto serio y acariciándole la mejilla con el pulgar, le dijo con voz profunda.

—Haz lo que consideres correcto; aquí estoy yo para respaldarte.

Magdalena miró al hombre alto y apuesto que tenía frente a ella, y se dio cuenta de que estaba cambiando. Ahora tomaba en cuenta sus sentimientos; ya no era aquel hombre autoritario que la obligó a renunciar a su trabajo.

Ese cambio la llenó de felicidad.

...

Magdalena no volvió a ver a Irene Blanco hasta unos días después. Acababa de leerle un pequeño artículo a Lázaro y salió con el termo para ir por agua; al abrir la puerta, se topó a Irene esperando afuera.

Se sorprendió un poco, pero recuperó su actitud enseguida. Su mirada tranquila denotaba algo de frialdad. Ni siquiera se molestó en preguntarle qué hacía ahí; se quedó parada en el marco de la puerta, con una mano en la manija y el termo en la otra.

Al ver sus ojos fríos, Irene adivinó que ya lo sabía todo. Sintió una fuerte punzada de vergüenza. Aferrándose a la correa de su bolso con la mano derecha, apartó la mirada de los ojos expresivos de Magdalena.

Lázaro, al ver que se había quedado pasmada en la puerta, preguntó.

—Magda, ¿quién es?

Magdalena se giró y le dedicó una pequeña sonrisa. Salió al pasillo y cerró la puerta de la habitación.

Afuera, ambas se quedaron frente a frente. Magdalena le dijo con calma.

—Ya lo viste, ahora puedes irte.

El rostro de Irene palideció. Tras guardar silencio un momento, respondió.

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