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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 760

Al ver cómo las lágrimas de Magdalena rodaban por sus mejillas sin control, el corazón de Lázaro se encogió de dolor. Sin embargo, su cuerpo estaba paralizado; no podía atraerla hacia él para estrecharla en sus brazos, no podía consolarla como lo hacía cuando vivía en la familia Sarmiento, ni podía secarle las lágrimas con un beso.

Con un esfuerzo monumental, Lázaro levantó su mano derecha. Magdalena se acercó a paso rápido y la tomó entre las suyas. Las ardientes gotas de llanto se estrellaron contra el dorso de la mano del hombre, quien habló con una voz rasposa y forzada.

—No llores.

Magdalena intentó con todas sus fuerzas detener sus lágrimas, pero era como tratar de cerrar una llave de agua rota; escapaban de su control.

Incapaz de soportarlo más, se dejó caer sobre el borde de la camilla y rompió en un llanto desgarrador.

—¡Todo esto es mi culpa! ¡Yo te hice esto!

—Magda, no llores más. Quiero dormir un rato, y así me interrumpes el descanso.

Esta fue, con diferencia, la frase más larga que Lázaro había pronunciado desde que despertó del coma. Apenas terminó de decirla, su energía pareció desmoronarse por completo.

Magdalena asintió de inmediato y, tragándose su llanto, acomodó con cuidado la mano de Lázaro bajo las sábanas.

—Está bien, duerme. Me quedaré aquí a cuidarte.

Él hubiera querido limpiarle las lágrimas del rostro, pero el esfuerzo de hablar lo había dejado completamente exhausto, por lo que fue cerrando los ojos hasta quedar profundamente dormido.

Magdalena arrastró una silla al borde de la cama y tomó asiento. Miró en silencio el rostro inmaculado de Lázaro, ahora sumido en el sueño y marcado por una palidez enfermiza. Sus lágrimas volvieron a brotar.

Mateo dio dos pasos hacia ella y posó suavemente una mano sobre su hombro. Le habló en voz baja.

—El doctor dijo que fue un auténtico milagro que haya logrado conservar la vida. Todo lo demás... ya veremos cómo lo enfrentamos más adelante.

Ese miedo a lo desconocido era lo verdaderamente aterrador; se sentía como estar al borde de un abismo insondable en el que, un solo paso en falso, los hundiría para siempre en la condena eterna.

Magdalena hundió el rostro entre sus manos y lloró en silencio.

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