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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 759

Aunque Renato nunca había sido un hombre de muchas palabras, le fascinaba escucharla hablar. Cuando ella le platicaba, su rostro reflejaba una absoluta serenidad y su voz sonaba tan suave que le transmitía una inmensa paz. Todas las sombras y tensiones del día simplemente se esfumaban.

Como Renato solo la escuchaba en silencio, Magdalena siguió contándole sus cosas con naturalidad. Sentir su mirada atenta y llena de devoción era como si le hubieran bañado el corazón en miel: dulce y reconfortante.

Esperaron a que ella hiciera digestión antes de finalmente irse a dormir.

...

Desde que despertó, Lázaro había sido trasladado a una unidad de cuidados intermedios. Magdalena lo visitaba a diario en el hospital, y todas las veces coincidía con Irene.

Irene no ocultaba su rechazo hacia la joven, por lo que ambas apenas cruzaban un saludo formal y no hablaban entre sí.

Cada vez que Magdalena lo visitaba, llevaba un libro consigo para leérselo en voz alta. Su expresión se volvía cálida, y su voz fina, melódica y excepcionalmente dulce, llenaba el espacio con tranquilidad.

Siempre que Lázaro escuchaba su voz, se dibujaba una ligera sonrisa en sus labios. A pesar de que todavía no podía hablar con fluidez, sus ojos no se despegaban de ella ni por un segundo.

La serenidad que ambos compartían encendía los celos de Irene. En más de una ocasión había intentado sacarle conversación a Lázaro, e incluso se había ofrecido a leerle el periódico o alguna revista cuando Magdalena no estaba presente, pero él jamás reaccionaba.

A veces, no sabía si era porque él estaba exhausto o porque simplemente no soportaba verla, pero siempre mantenía los ojos cerrados en su presencia.

Aun así, Irene sabía perfectamente que no estaba dormido, pues notaba el ligero movimiento de sus pestañas.

Cuatro días después del accidente automovilístico, Magdalena estaba a punto de cruzar la puerta de la habitación cuando escuchó a Mateo platicando con un hombre de voz muy áspera. No logró reconocer de quién se trataba.

Al empujar la puerta, se dio cuenta de que en la habitación no había nadie más que Mateo y Lázaro.

Como un relámpago, la idea cruzó por su mente. Miró a Lázaro, invadida por la emoción.

—¿Ya puedes hablar?

Recostado sobre la cama, el rostro de Lázaro lucía pálido y extremadamente debilitado. Sin embargo, asintió levemente y esbozó una pequeña sonrisa.

Los ojos de Magdalena brillaron de alegría. Dejó su libro y el termo sobre la mesa, y se dio la vuelta rápidamente hacia la puerta.

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