Si no fuera por Renato, ella seguiría siendo la heredera mimada de la Corporación Suárez. Seguiría viviendo rodeada de lujos y del amor de sus padres.
La ira la consumía; apretó el volante con tanta fuerza que las heridas de sus brazos comenzaron a punzar de dolor.
Tras la quiebra de la empresa familiar, Adán Suárez, su padre, se había derrumbado por completo. Ahora se pasaba los días ahogado en alcohol, y a la menor provocación la golpeaba e insultaba, dejándole nuevas marcas antes de que las anteriores sanaran. Todo eso era obra de Renato.
Renato había destruido la Corporación Suárez, destrozando su vida entera. Alguien tenía que pagar por todo eso.
A través del parabrisas, Paula clavó la mirada en Magdalena, quien caminaba hacia aquel lujoso vehículo. Su rostro se desfiguró en una mueca de odio; hundió el pie en el acelerador sin dudarlo.
El chófer de Magdalena fue el primero en notar que un auto se dirigía directo hacia ellos a toda velocidad. Gritó horrorizado:
—¡Señora, cuidado!
Magdalena giró la cabeza y vio el vehículo que se les venía encima. Sus pupilas se contrajeron de golpe; el pánico congeló sus piernas, impidiéndole moverse.
Paula, aferrada al volante, tenía una mirada enloquecida y una sonrisa pálida y sádica en los labios.
Iba a hacer que Renato sintiera en carne propia el dolor de perder lo que más amaba. Iba a arrastrar a ese hombre intocable hasta el lodo.
En los ojos aterrorizados de Magdalena solo se reflejaba aquel auto fuera de control. Su mente se quedó en blanco y, por un instante, hasta su respiración se desvaneció.
Justo cuando el impacto parecía inminente, un majestuoso Rolls Royce se interpuso bruscamente a escasos metros de ella. El auto descontrolado de Paula se estrelló de lleno contra el Rolls Royce, provocando un ensordecedor estruendo.
Los gritos de los transeúntes llenaron la calle. Magdalena sintió un fuerte zumbido en los oídos. El sonido brutal del metal chocando, el chillido de los frenos y los cristales estallando ocurrieron en fracciones de segundo. Un choque múltiple dejó toda la vía completamente paralizada.
La gente comenzó a llamar de inmediato a la policía y a urgencias. Magdalena permaneció petrificada en su sitio. Miró el humo oscuro que emanaba de los motores mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y todo su cuerpo empezaba a temblar.


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