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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 748

Al ver a Lázaro Guzmán empapado en sangre, Magdalena sintió que su mente estallaba. Su cuerpo temblaba de manera incontrolable y las lágrimas no le dejaban ver con claridad.

Los paramédicos colocaron a Lázaro con cuidado en una camilla y lo subieron a la ambulancia.

Alguien se acercó a hablar con ella. Era el Oficial Vega. Magdalena veía su expresión y el movimiento de sus labios, pero no lograba escuchar un solo sonido. Agarrándolo de la manga con manos temblorosas, suplicó:

—Sálvenlo... por favor...

El chófer se apresuró a intervenir.

—Oficial, mi señora está en estado de shock. Mejor voy yo a dar la declaración.

En cuanto la ambulancia arrancó, Magdalena intentó salir corriendo tras ella. El Oficial Vega la sujetó, pero ella empezó a golpearlo como enloquecida, gritando:

—¡Suélteme... tengo que ir al hospital!

Viendo que había perdido el control, el oficial la agarró por los hombros, la sacudió y levantó la voz:

—¡Señorita Magdalena, por favor, cálmese!

La mirada vacía de la mujer fue recuperando el enfoque lentamente. Levantó la vista hacia él. Tenía el cabello pegado al rostro empapado en llanto, y sus mejillas estaban pálidas y demacradas.

El Oficial Vega la miró fijamente y le dijo con firmeza:

—Yo la llevaré al hospital.

Había sido un choque múltiple, y los heridos de mayor gravedad eran Lázaro Guzmán y la conductora del vehículo causante.

El hospital nunca había recibido a tantos pacientes al mismo tiempo. Todo era un caos y nadie sabía por dónde empezar.

Para cuando Magdalena llegó, Lázaro ya estaba en urgencias, y los familiares de los demás heridos comenzaban a abarrotar la sala de espera.

Cuando Renato llegó al hospital, lo primero que vio fue a Magdalena parada frente a las puertas de la sala de operaciones, completamente petrificada, como una estatua.

Se acercó a paso rápido y la envolvió en un fuerte abrazo. Al sentir que ella no paraba de temblar, la apretó aún más contra su pecho.

Por la urgencia, él aún respiraba con dificultad. Tras sostenerla un momento, tomó sus manos frías y le murmuró al oído:

—Tranquila, él va a estar bien.

Magdalena miraba fijamente la luz roja sobre la puerta del quirófano, sin parpadear. Después de un largo rato, alzó la vista hacia él, y sus ojos recobraron la lucidez.

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