Cuando el coche se detuvo nuevamente en el complejo, Magdalena hizo el ademán de abrir su puerta. Sin embargo, la mano grande de Renato se posó pesadamente sobre su hombro. Ella se giró, mirándolo confundida. A través de la ropa, sentía el calor de su palma, una temperatura casi capaz de derretirla.
Renato sacó las llaves del coche del bolso de ella y se las arrojó a Camilo al asiento delantero:
—Tú conducirás el auto de ella.
Camilo asintió y salió sin decir nada. Al oír el portazo, Magdalena finalmente procesó la orden y reaccionó:
—Me lastimé el pie, no puedo manejar.
Renato la miró fijamente y retiró la mano de su hombro. Luego abrió su propia puerta, se bajó del auto, se dirigió al asiento del conductor, subió y, ante los ojos atónitos de ella, arrancó el motor con suma tranquilidad.
En su hombro derecho parecía perdurar el calor residual de la mano del hombre. Sentía que el ardor se filtraba en su piel. Hubo un instante en que hasta su propio corazón latió de forma desbocada por el nerviosismo.
Al entrar en la ciudad, el coche fue directo al hospital. Una vez allí, Magdalena se bajó y caminó lentamente, cojeando y sufriendo a cada paso para acercarse a la entrada.
Renato caminaba detrás de ella sin apuro, con un cigarro recién encendido entre los dedos. Al verla avanzar con tanta dificultad, un fastidio inexplicable se apoderó de él. Le dio un par de caladas violentas al cigarro, lo arrojó al suelo, lo aplastó y, de unas cuantas zancadas, la alcanzó, la levantó en brazos y entró con ella al hospital a paso firme.
En el instante en que él la cargó, Magdalena se aferró por reflejo a su cuello. En un solo día había sido tomada en brazos por dos hombres diferentes. El mismo gesto, pero una sensación totalmente distinta.
De él emanaba un olor singular a menta helada, entremezclado con un ligero aroma a tabaco. Lejos de molestarla, le infundía una extraña pero inmensa sensación de seguridad y paz.
Sí, paz. ¿Cuánto tiempo hacía que no se sentía así de protegida?
Si lo pensaba detenidamente, la última vez fue hace varios años, en la época dorada de su juventud, cuando Lázaro estaba a su lado.
Pero todo eso era parte del pasado. Ya nunca más tendría dieciséis años y Lázaro había dejado de ser el Lázaro de su juventud.
Antes... Esa palabra era demasiado aterradora.
—¡Dios mío! ¡Es el presidente del Grupo Centauro! ¡Es muchísimo más guapo en persona que en televisión!
—¿En serio? ¿Dónde, dónde está?
—¿Y quién es la mujer que lleva cargando? Seguro que andan, pero hasta donde yo sabía, él era soltero.
Siendo el centro de todas las miradas curiosas, Magdalena escondió el rostro en el pecho de Renato, rezando en silencio para que ningún reportero de chismes estuviera rondando el hospital.
Al salir, Renato se inclinó y la depositó en el asiento del copiloto. Ella le agarró la manga de la camisa y le dijo:
—Presidente Jiménez, la verdad es que puedo tomar un taxi hasta mi casa.
Si Octavio Sarmiento veía que era el propio Renato Jiménez quien la acompañaba, no le importaría que hubiera sido un mero acto de piedad por su tobillo torcido. Octavio jamás escucharía razones y probablemente sacaría conclusiones sumamente erróneas.

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