Cuando logró hacer que la contrataran en el Grupo Centauro, Octavio le había dejado bien claro que su misión era usar cualquier excusa para ganarse el favor de Renato a toda costa.
Pero ese hombre era un misterio, un pozo sin fondo. Cuando se volvía frío y calculador, casi parecía carecer de humanidad. Un hombre así no podía ser manipulado por alguien como ella.
Al notar la duda brillar en los ojos de ella, las oscuras pupilas del hombre soltaron un destello incisivo:
—¿A qué le tienes miedo?
Esos ojos profundos eran como tinta oscura e insondable que lograba penetrar todos sus secretos. Magdalena tragó saliva por acto reflejo:
—A nada... Es solo que alguien de su prestigio... no se vería bien si me llevara personalmente a casa.
Renato soltó una risa seca, con un tinte glacial, y la arrastró fuera del auto de un tirón.
La brusquedad de su movimiento dejó a Magdalena paralizada de miedo. Antes de que pudiera comprender lo que pasaba, escuchó el estruendoso portazo y vio cómo el auto se alejaba velozmente.
¡Qué loco! ¿Acaso le dije alguna ofensa para que se enoje así?
Un par de segundos después, Magdalena soltó un grito que habría quebrado cristales. ¡Su bolsa se había quedado en el carro! ¡Su celular y su dinero estaban dentro!
¿Cómo iba a tomar un taxi sin efectivo? ¿Iba a tener que caminar hasta su casa?
Ni siquiera había que mencionar el estado en el que estaba su tobillo; del Hospital General de Valle Niebla a la mansión de la familia Sarmiento era un viaje de media hora en coche.
¿Caminar? Era una broma de mal gusto.
Levantó su delicada mano para hacerse sombra en la frente y miró el sol abrasador. Si se quedaba allí mucho tiempo, iba a desmayarse por un golpe de calor.
Un imponente y llamativo Rolls-Royce frenó de golpe frente a ella. Una ráfaga de calor salió de debajo de los neumáticos, directo hacia sus piernas.
La ventanilla se bajó, dejando ver el rostro coqueto y excéntrico de Andrés Vargas, que le guiñó un ojo:
—Preciosa, ¿hacia dónde vas? ¿Necesitas que...
Antes de que el chico terminara la frase, Magdalena ya había abierto la puerta del copiloto y se había acomodado en el asiento en un abrir y cerrar de ojos.
—Lleváme a mi casa, por favor.
A Andrés la pregunta le pareció el chiste del año. Se acomodó el cabello de la frente con presunción:
—Por favor, si yo voy de flor en flor sin mancharme los pétalos. Lo único que no quiero es que Lázaro...
De repente se dio cuenta de que había hablado de más. Se mordió la lengua enseguida. Miró la expresión de Magdalena y, al notar que no parecía haber cambiado, suspiró aliviado en secreto. Estaba a punto de cambiar de tema, cuando ella habló de improviso:
—¿Acaso se te olvida? Él ahora es mi cuñado. El hombre al que amé durante más de diez años... terminó convirtiéndose en mi cuñado.
Al llegar al final de la oración, su voz se había apagado casi hasta ser un susurro; un murmullo melancólico teñido de amargura y burla hacia sí misma.
Andrés, al ver que los ojos de la chica se llenaban de lágrimas, entró en pánico. Sacó un par de pañuelos de papel y se los ofreció, soltando en su desesperación lo que no debía decir:
—¡Él nunca quiso lastimarte! Tienes que confiar en él. Eres tan buena, no deberías malinterpretar las cosas así.
Ese hombre la amaba tanto que estaba dispuesto a desafiar a todo el mundo por ella; la amaba lo suficiente como para dejar que lo hicieran pedazos con tal de protegerla.
Posiblemente, en este mundo él era el único que sabía todo el infierno por el que Lázaro había pasado y el peso que cargaba.

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