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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 138

De repente, Renato esbozó una levísima sonrisa. Ese gesto imperceptible hizo que a Paula le diera un vuelco el corazón.

Él está sonriendo. ¿Significa eso que aceptará?

Pero, en ese preciso momento, Renato no estaba del humor que ella imaginaba. Sus pupilas se contrajeron sutilmente, como si reprimiera algo con gran esfuerzo.

Paula enarboló una sonrisa deslumbrante y lo miró con inmensa expectativa:

—¿Eso significa que está de acuerdo, presidente Jiménez?

Magdalena también notó la tensión ambiental. Tenía el rostro rojo de calor y contenía la respiración, a punto de asfixiarse en esa extraña posición.

La paciencia de Renato había tocado límite. Su mirada se oscureció cada vez más mientras su sonrisa se volvía cortante:

—Si tu padre es capaz de dejarte abandonada a tu suerte, ¿por qué habría de hacerme yo el buen samaritano y solucionar sus descuidos?

Su actitud había pasado de sonreír a ser insultante en un parpadeo. Paula se quedó estupefacta. Llegó a pensar que había dicho algo malo, pero repasó sus propias palabras y no les encontró defecto alguno.

Poniendo cara de víctima y mirándolo con súplica, argumentó:

—Presidente Jiménez, mi padre fue un invitado personal suyo y yo vine con él. Eso también me convierte en su invitada. No creo que pedirle un aventón a la ciudad sea una exigencia descabellada.

Cualquier persona razonable habría estado de acuerdo con la lógica de ella. Pero Renato solía hacer las cosas a su antojo. Tras escuchar esa justificación coherente, su rostro se ensombreció de inmediato.

—Señorita Paula, me temo que aún no comprende muy bien su lugar.

Si él llamaba señor Suárez a su padre era solo por mera formalidad. Y sobre la lista de asistentes a un evento como aquel, él no se ensuciaba las manos; era Wendy quien gestionaba todo eso. Hasta el día de hoy, ni siquiera sabía a quiénes se había mandado la invitación.

Renato subió la ventanilla ignorándola por completo y le ordenó a Camilo:

—Arranca.

El auto se alejó a toda prisa, dejando atrás a una furiosa Paula que pataleaba en el pavimento. Desde que era una niña, no había existido capricho en el mundo que se le negara.

Renato torció el gesto con ironía:

—¿Y qué clase de clínica de suburbio se puede comparar con el Hospital General de Valle Niebla?

Iban a volver a la ciudad, sí, pero Magdalena dejó su auto en el centro vacacional. Ella le echó una mirada de reojo al perfil afilado de Renato y murmuró:

—Yo llegué esta mañana en mi coche.

Renato entrecerró los ojos. Estaba a punto de soltarle que a su cacharro nadie le iba a hacer caso, pero recordó que la situación de ella en la familia Sarmiento no era fácil y tampoco quería obligarla a viajar apretujada en un autobús público de regreso.

Se frotó las sienes:

—Regresemos al centro vacacional.

Camilo dio la vuelta en U. Como aún no habían subido a la autopista y no se habían alejado mucho, apenas tardaron diez minutos en regresar.

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