—¡Más le vale!
Aldana soltó un bufido frío, amenazando con fiereza: —Si mi amiga llega a sufrir el mínimo rasguño, le arranco la piel a ese Darío.
—De acuerdo.
Rogelio se rio al ver lo adorable que se veía tratando de sonar intimidante, le besó la frente y dijo en tono mimador: —No te enojes, tu esposo te ayudará a bañarte.
—¡Ni lo pienses!
Al escuchar eso, Aldana se sobresaltó y empujó a Rogelio de inmediato, apartándose a una distancia segura: —Viejo zorro, ¿cuándo ha habido un baño contigo que sea inocente?
—¿Mmm?
Rogelio entrecerró sus oscuros ojos, curvando los labios en una sonrisa seductora: —Pero confiesa, ¿te bañaste o no?
—El resultado es que me bañé, sí, pero el proceso...
Mientras Aldana hablaba, se topó con su rostro rebosante de burla y la sangre le hirvió de indignación.
Agarró su ropa limpia y, mientras caminaba hacia el baño, fulminó a Rogelio con la mirada: —¡Atrévete a entrar y verás!
—Trato hecho.
Rogelio se recargó en la cabecera de la cama; escuchando el murmullo del agua caer, no podía dejar de sonreír.
¡Su esposa era la más adorable del universo!
***
En Bravaria.
Cuando Darío despertó, habían pasado tres horas.
De inmediato miró a su lado, pero Lourdes no estaba.
Estaba a punto de bajarse de la cama cuando la puerta se abrió.
Lourdes, en ropa cómoda, entró sosteniendo un plato de sopa caliente.
Se sentó en el borde, sacó una cucharada, sopló para enfriarla un poco y ordenó: —Abre la boca.
Apoyado en la cabecera, Darío miró atónito a esta versión tierna de Lourdes, con el corazón a punto de salírsele del pecho.
Ayer estaba a los gritos pidiéndole que se largara, ¿y hoy le daba de comer en la boca?
Ni en sus mejores sueños imaginó algo tan irreal.
—¿Qué miras?
Al ver que Darío no abría la boca, sino que la miraba con los ojos desorbitados, Lourdes frunció el ceño.
—Lourdi...
Darío apretó los labios y preguntó con voz áspera: —¿La comida no tiene veneno, verdad?
Tanta felicidad junta era demasiado repentina.
¿Estaba seguro de que no era su última cena antes de la ejecución?
—¡!
Lourdes se quedó de una sola pieza, soltando una risita fría: —Por supuesto que tiene. Primero te dejará mudo y luego te matará.
—¿Ah, sí?
Era la primera vez que Lourdes cocinaba para él; pensaba terminárselo todo.
—Ah, claro.
Lourdes fue a la cocina llena de dudas y miró aquella sopa de aspecto sumamente cuestionable.
Dudó unos segundos y la probó.
—¡Puaj!
Lourdes estuvo a punto de tirar la olla; tuvo que tomar varios vasos de agua fresca para pasarse el mal sabor.
Qué asquerosidad.
¿Acaso Darío había perdido el sentido del gusto?
—¿Lourdi?
Al escuchar el ruido, Darío corrió a la cocina: —¿Te duele el estómago? ¡Ese diablillo te está haciendo pasar un mal rato otra vez!
—¿Qué tiene esto de riquísimo? ¡Mentiroso!
Lourdes lo fulminó con la mirada y se dio la vuelta para irse.
—No te vayas, Lourdi.
Darío la abrazó por la espalda, hablando con voz ronca: —Me siento mareado otra vez, tú...
Lourdes: —Si sigues fingiendo, te largas a la calle.
Darío: —Creo que ya se me pasó el mareo.

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