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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1998

—Darío, se te ha hecho costumbre mentir, ¿no? —Lourdes lo acusó, claramente insatisfecha.

—Solo tengo miedo de perderte.

La mirada de Darío se ensombreció; la voz que salió de su garganta sonó grave y cargada de impotencia: —Lourdi, ya no sé qué más hacer para que me perdones.

Dar lástima le estaba funcionando de maravilla.

Aparte de eso.

¿Qué otra opción tenía?

Al escuchar aquel murmullo ronco, Lourdes se quedó paralizada.

Sin embargo, su corazón, alterado por aquel «tengo miedo de perderte», de pronto se serenó.

—Y eso de que tu comida me pareció rica, no fue mentira.

Darío humedeció sus labios y añadió en voz baja: —Cuando era niño, hasta comida para perros tuve que tragar.

—¿Qué?

Lourdes pensó que había escuchado mal. Después de todo, él era el segundo hijo de la poderosa familia Alzamora.

¿Comida para perros?

—Mi hermano mayor me ha odiado toda su vida; cada vez que podía, se ensañaba conmigo.

Darío sonrió, con una expresión tan calmada como si relatara una historia ajena: —Una vez, aprovechando que mi abuelo salió de viaje, me encerró en la jaula de los perros.

—Me dejó sin comer tres días y luego me tiró un trozo de pan rancio en el plato del perro.

Lourdes estaba horrorizada; sintió un nudo en la garganta.

—¿Y te lo comiste?

—Si no me lo comía, probablemente no habría sobrevivido. —Darío sonrió levemente—. Por eso, Lourdi, cualquier cosa hecha por tus propias manos jamás me sabría mal. Lleva tu cariño, tu esfuerzo, sabe a hogar. Ha sido lo más delicioso que he probado en mi vida.

«...»

Exteriormente, Lourdes parecía impasible, pero en su interior era un torbellino de emociones.

Comer de un plato de perro.

Qué espanto había sido la infancia de su pobre Darío.

A partir de ahora, nunca más volvería a llamarlo «perro» como insulto.

—No vuelvas a meterte a la cocina. —Darío le tomó la mano y la llevó al sofá.

Lourdes alzó la vista de inmediato: —¿Y todavía te atreves a decir que no lo despreciaste?

—Lo digo porque no quiero que te lastimes. —Darío trajo una toalla tibia para limpiarle las manos y notó unas pequeñas marcas rojas.

Amor profundo y adoración.

Si lo miraba un segundo más, caería rendida sin remedio.

El corazón de Lourdes empezó a acelerarse; apoyó sus manos en el pecho del hombre, con la intención de apartarlo.

—Dame otra oportunidad, ¿sí? —Aprovechando la cercanía, Darío le sostuvo las manos, suplicando con fervor—: Olvida todo lo demás, déjame estar a tu lado para borrar los malos recuerdos y empecemos de nuevo.

Borrar los malos recuerdos...

Empezar de nuevo...

¿Sería posible?

No lo sabía a ciencia cierta, pero quería intentarlo, por esa nueva vida que llevaba en su interior.

—Yo...

Lourdes abrió la boca, lista para responder, cuando el inoportuno tono del celular interrumpió el momento.

—Es Zenón.

Lourdes frunció el ceño y le pasó el teléfono a Darío: —Debe ser algo urgente.

Ahora que era el Mandatario, tendría mil asuntos que atender.

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