Casiana se quedó congelada, mirando a la señora Sania con asombro.
¿Su suegra estaba de acuerdo con que se divorciaran?
—¡Cof, cof, cof...!
Aldana acababa de regresar con algo de fruta y, al escuchar eso, casi se cae del susto.
Mamá.
¿Desde cuándo alguien consuela así?
Al escuchar las toses, Sania volvió en sí de inmediato.
—Lo que mamá quiere decir es que este asunto seguramente es culpa de Félix. Pero, al fin y al cabo, son esposos, y si no hay problemas que rompan sus principios, deberías darle otra oportunidad.
—Mamá, no es culpa de Félix.
Casiana apretó los labios y, con el rostro pálido, dijo:
—Nuestro matrimonio fue un accidente.
—Mamá lo sabe.
Sania le tomó la mano, sin la más mínima intención de culparla, mostrando más bien compasión:
—Tú también fuiste una víctima de lo que pasó hace años.
—Dime, ¿sientes algo por Félix? —Sania continuó—: No entiendo bien cómo funciona su matrimonio, y tampoco es correcto que me meta.
—Pero dense una oportunidad. No quiero verlos arrepentirse.
Claro que sentía algo por Félix.
Por eso mismo había logrado mantenerlo a su lado todo este tiempo.
Pero él tenía derecho a buscar su propio amor, ella no podía ser tan egoísta.
—Cualquier decisión que tomes, no te culparé.
Sania le dio unas palmaditas en la mano y habló con voz suave y gentil:
—Siempre seré tu mamá.
¿Mamá?
Al escuchar esa palabra, los ojos de Casiana se llenaron de lágrimas, las cuales comenzaron a caer sin control.
De no ser por la señora Sania, ya casi habría olvidado qué se sentía tener una madre.
—¿Por qué lloras de repente?
Al ver a Casiana derramar lágrimas, Sania se asustó bastante.

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