Por la tarde.
Sombra se arregló desde temprano con la intención de ir al aeropuerto a recoger a Leonardo Valencia.
En su itinerario público, su regreso estaba programado para el día siguiente.
Para evitar que los periodistas acamparan en el aeropuerto y le causaran problemas innecesarios, decidió adelantar su vuelo.
El avión aterrizaría a las seis de la tarde.
—Hermana, ¿no puedo ir contigo? —Julián Carrasco, con sus pantuflas de osito panda, la seguía por toda la casa como un cachorrito, parloteando sin parar—. Hermana, estaré muy calladito, no te causaré problemas.
Él también extrañaba un poco a su cuñado.
El cuñado le había prometido que, al regresar, lo llevaría a comer a KFC y también le invitaría un helado.
O dos.
Aunque Julián vivía con ella, al niño aún le faltaba seguridad emocional.
Tenía miedo de que si ella se iba por mucho tiempo, lo terminaría abandonando.
Ay.
Sombra suspiró suavemente, se puso en cuclillas frente a Julián y, con una paciencia poco común en ella, le explicó: —Hay demasiada gente en el aeropuerto. Si alguien te toma una foto, podría ser malo para ti.
—En cuanto recoja a Leonardo... a tu cuñado, volveremos.
Menos mal que la última vez solo le fotografiaron la espalda y no la cara, de lo contrario, sus días en el colegio habrían sido un tormento.
—Pero...
Julián hizo un puchero, pero al final no se atrevió a desobedecer a su hermana. Le jaló un dedo y, con voz obediente, dijo: —Entonces los esperaré en casa. Prepararé el pastel que me enseñó Doña Carmen para que lo comamos juntos.
—Está bien.
A Sombra se le ablandó el corazón. Le acarició la cabecita y le dijo: —Ve a jugar con Doña Carmen.
Doña Carmen era la ama de llaves que siempre cuidaba de Leonardo Valencia, una persona sumamente confiable.
Tras tranquilizar a Julián.
Sombra tomó su bolso y condujo hacia el aeropuerto.
Al llegar.

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