Después de decir esto, Sania soltó un largo suspiro de alivio.
Uff.
Menos mal que su nuera era una chica. Sinceramente, tener un nuero le resultaba un poco difícil de procesar.
—Claro que sí. —Aldana arqueó una ceja y esbozó una sonrisa relajada—. Poner a la gente en su lugar es mi especialidad.
—Leonardo, ven un momento, tu padre y yo tenemos que hablar contigo. —Cornelio Espinosa se llevó a su hijo a un lado.
—Está bien. —Leonardo le apretó suavemente la mano a Sombra y siguió a sus padres.
—Voy a preparar algo de fruta.
Rogelio Lucero también tuvo el tacto de levantarse, dejando solas a las «hermanas» para que charlaran con libertad.
—¡Aldana! —Sombra al fin pudo sentarse cómodamente junto a su amiga. Se pegó a ella con entusiasmo—. Ahora que te abrazo, ¡ese viejo zorro de Rogelio ya no podrá asesinarme con la mirada!
—¡Ahhhh! No tienes idea de lo mucho que me he contenido estos días. Me moría de ganas de ver a Rogelio morirse de celos.
—Ven aquí, déjame darte un beso.
¡Pum!
Justo cuando Sombra fruncía los labios, desde la cocina resonó el violento sonido de un cuchillo golpeando una tabla de picar.
—¿Qué pasó? —preguntó Aldana.
—¡No pasa nada! —respondió Rogelio. Su voz sonaba ronca, profunda y con una clara advertencia—. Solo estoy matando una sandía.
¿Matando una sandía?
¿Seguro que era a la sandía a la que quería matar y no a ella?
Sombra se quedó muda.
—Ah, ya. —Aldana volvió su atención a Sombra, parpadeando con una sonrisa traviesa—. Por cierto, ¿qué estabas diciendo hace un momento?
—¿Eh?
Sombra miró disimuladamente hacia la cocina y notó que Rogelio efectivamente estaba «matando» la fruta con un cuchillo enorme. Los labios le temblaron, y al instante se sentó completamente recta, respondiendo con expresión inexpresiva:
—¡No dije nada! ¡Debiste escuchar mal!
Aldana sonrió divertida y se acercó más para pegarse a su amiga.

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