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Las clases de la mañana transcurrieron bastante tranquilas.
Los compañeros de su grupo no la miraban de forma rara, solo a veces con cierta preocupación.
Temían que estuviera siendo afectada por los chismes.
Pero a la hora de comer, todos comprendieron que sus miedos eran infundados.
¿Acaso alguien deprimido y lleno de preocupaciones podría devorar semejante cantidad de comida?
—Aldi, me alegra ver que estás bien.
Al ver los platos vacíos sobre la mesa, Jacinta suspiró aliviada. —Teníamos tanto miedo de que el revuelo en internet te estuviera hundiendo.
—Crean lo que quieran, pero yo no fui modificada genéticamente —dijo Aldana mientras tomaba un sorbo de jugo, con total naturalidad—. Y mis padres también son víctimas en todo esto.
—¿De verdad?
Jacinta y los demás abrieron los ojos como platos, llenos de curiosidad.
—Sí.
Aldana asintió. —Encontraré las pruebas para demostrarlo. Así que no se preocupen por mí, sigan comiendo, bebiendo y hagan la tarea como deben.
Sus compañeros fruncieron el ceño, poniéndose de mal humor.
Al mencionar la tarea del profe Plácido, ¡¿quién podría estar de buen humor?!
Aunque, por otro lado...
Si Aldana de verdad no había sido modificada, eso significaba que simplemente era un genio natural.
¡Ja!
¡Eso era incluso más aterrador que ser un «monstruo»!
Los de internet que andaban clamando para que la encerraran se iban a quedar mordiendo el polvo.
***
La clase de la tarde era en la facultad de medicina.
Al entrar al aula, Aldana notó que sus compañeros se habían agrupado automáticamente en un solo lado.
Los que solían sentarse frente a ella se habían ido a otra parte.
Entendido.
La estaban aislando.
Vaya.
¿A su edad y seguían con el jueguito infantil de hacer la ley del hielo?
Justo en ese momento.
Entró otra estudiante, notó el cambio de asientos.
Y al ver a Aldana marginada a propósito, entendió la situación de inmediato.

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