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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 85

LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 85. Si el juego funciona...

¡Era culpa de las hormonas!

¡Todo, absolutamente todo, era culpa de las hormonas!

Michelle trataba de pensar en eso mientras Sebastián se pegaba a su espalda con aquel movimiento tan condenadamente sensual que la hacía contener el aliento.

—¡No no no no no no no! —jadeó intentando acercarse más a la puerta, pero con eso solo consiguió que Sebastián la apretara aún más—. No, yo no estoy buscando problemas... Solo... Solo estoy... Quiero ver...

Y en aquel momento Sebastián tenía que hacer un esfuerzo supremo para que no se le escapara la risa, porque indudablemente y a pesar de lo buena oradora que era la condenada, en el mismo instante en que sus cuerpos se pegaban solo un poco, Michelle no podía evitar balbucear como si fuera una adolescente nerviosa.

Y si era honesto él estaba más que encantado con poder ponerla aún peor.

—¿Para qué quieres entrar a las caballerizas, loquita? —preguntó mientras su nariz trazaba un camino caliente y provocativo a lo largo de su cuello hasta llegar bajo su oreja—. ¿No sabes que es peligroso entrar ahí?

—¿Pe...? ¿Peligroso...? —jadeó ella tratando de evitar el gemido que estaba por salírsele.

—Sí, muy peligroso... —respondió él mordiendo con suavidad el lóbulo de su oreja—. ¿Se te olvidó todo lo que pasa cada vez que entramos los dos ahí?

—Este... Bueno...

—¿Se te olvidó que tú siempre protestas, y cómo me gusta callarte...?

—¡Maldición, Sebastián, ya deja de jugar! —intentó darse la vuelta Michelle, pero un segundo después aquella mano del hombre detrás de ella alcanzaba sus mejillas, inmovilizándole la cara para darle el beso más posesivo en la historia de los besos posesivos y robados.

—Sebastián nada, loquita. ¡Es príncipe! ¡Prín – ci - pe! ¿Me oyes?

Y por si acaso no lo estaba oyendo bien, un instante más tarde Sebastián la levantaba con un movimiento fluido, haciéndola enredar las piernas en su cadera, y la devolvía a la cabaña como si allí realmente hubiera menos peligro.

Perderse en la boca de Michelle era tan terriblemente natural que en ese momento fue como si le pegaron con algo, algo duro y frío, que le acomodara las neuronas en un solo instante.

¿Cómo no se había dado cuenta la primera vez que la había besado? ¿Cómo no se había dado cuenta de que incluso mientras estaba enfurruñado, peleándose con ella, defendiendo Ivana, y hasta planeando casarse con otra, no había vuelto a darle un beso a esa otra porque realmente no habría sabido cómo?

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