—¡¿Qué está diciendo?! —El vozarrón de Sebastián y más aún enojado hizo que Michelle se sobresaltara en su asiento—. ¡¿Cómo que Walter Hughes va a quedar libre!? ¡Ese tipo ayudó a secuestrar a Michelle, tiene que pagar por lo que hizo!
Frente a él el detective parecía incluso más incómodo y frustrado.
—Yo creo exactamente lo mismo que usted, señor Vanderwood, pero por desgracia no hay nada que podamos hacer. No hay ni una sola evidencia que indique más que una complicidad, todos los implicados acusan a Franklin Dalton, así que no podemos hacer absolutamente nada para arrestar a Walter Hughes, al menos en este momento. Sé que es una noticia difícil de encajar, pero por favor tenga paciencia, el tipo se va a equivocar tarde o temprano.
Sin embargo aquello no era un consuelo, absolutamente ningún consuelo para Sebastián, que estaba a punto de gritarle al detective que no podía darse el lujo de esperar a que aquel viejo se equivocara, no cuando significaba que la vida de Michelle y de sus hijos estaban en riesgo.
Pero antes de que los Vanderwood pudieran aglomerarse alrededor del detective para reclamar, la muchacha asomó la cabeza por la ventanilla de la camioneta para decir una sola cosa.
—Vámonos de aquí.
—Pero Michelle ¿no entiendes lo que está pasando? —replicó Sebastián—. ¡Ese tipo va a quedar libre después de lo que hizo!
—Y pelearte con el detective en medio de la calle no va a resolverlo —sentenció ella con voz gélida—. Tienes que ser muy ingenuo o haber crecido demasiado protegido por tu padre como para no saber que la justicia no existe en el mundo. Si tengo que conformarme con que uno de los dos vaya a presión entonces me conformaré con eso, y si no puedo hacer nada más entonces tomaré precauciones, pero no voy a estar perdiendo tiempo discutiendo con un hombre que evidentemente no puede resolver nada. ¿O te parece que el detective aquí presente tenga poder suficiente como para meter al adefesio tras las rejas?
—Señorita Dalton, no se trata de poder, sino... —intentó defenderse el detective, pero un gesto de Michelle lo cortó de inmediato.
—Señora, es “señora Dalton” —lo corrigió ella esta vez—. Y no se moleste en fingir delante de mí, detective. Sé reconocer muy bien la cara de un hombre asustado cuando la veo, y es evidente que usted está aterrorizado de tener que usar el poco poder que tiene contra la gente equivocada. —Pero antes de que el detective pudiera replicar siquiera, ella ya se estaba girando hacia Sebastián—. Por favor, vámonos.
Y eso decidió todo.
Por desgracia, en su estado y después de todo lo que había sucedido en las últimas horas, el médico no les había recomendado que las subieran a un helicóptero, así que las camionetas se pusieron en marcha muy pronto.
El viaje fue largo y agotador para todos menos para Michelle, porque el señor Rufus estaba tan absolutamente emocionado por sus nietos que no dejaba de hablar de ellos, darle consejos, y avisarle de todos los bichos que les compraría a aquellos niños, desde perros y conejos hasta caballos.
—¿Y no sería mejor un poni? —preguntó Ranger que iba conduciendo.
—¡Señor Rufus, haga el favor, péguele con algo! —exclamó Michelle abriendo mucho los ojos—. ¡¿Pero tú qué clase de Vanderwood honorario eres que no sabes que los hijos de ganaderos no tienen ponis!?

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