CAPÍTULO 66. Una mujer en la oscuridad
—¡Mire, dígame “cornudo” si le da la gana! —Fueron los últimos gritos que se le escucharon a Elijah mientras discutía con la policía—. ¡Dígame Rodolfo el Reno! ¡El rey del bosque! ¡Que estoy en negación! ¡Me importa un carajo mientras ponga a su maldit@ gente a desarticular este edificio oficina por oficina hasta que mi esposa aparezca! —Y el tono del magnate era tan amenazante que el detective retrocedió—. ¡Porque créame, si la encuentro yo después de que usted se largue, aunque esté sanita como un bebé, le voy a meter una demanda al Departamento de Policía de Nueva York que no le van a alcanzar dos vidas a todo el maldito cuerpo para pagarme! ¿¡Entendió!?
—Eso es amenazar a un oficial de policía, señor Vanderwood —espetó el hombre y Elijah apretó los labios.
—Usted no tiene ni idea de lo que es una amenaza mía —escupió antes de darse la vuelta—. ¡Ahora vaya a hacer su trabajo de una buena vez!
Y mientras aquel caos se desataba, mientras la policía rastreaba el edificio de un lado a otro, poniendo de cabeza cada piso y cada oficina, Sebastian solo miraba aquella pantalla que le había pedido al jefe de seguridad del edificio.
—Ella no sale —murmuró como si hablara consigo mismo y Elijah se acercó con el ceño fruncido.
—¿De qué hablas?
—Los códigos de acceso de Lynett. Se usaron para entrar en el Archivo, pero no se usaron para salir —explicó Sebastian—. Según esto debería seguir adentro.
Elijah se mesó los cabellos y negó.
—Ya caminé ese sitio de un lado a otro, no está…
—Estabas buscándola en una silla de ruedas grande y muy visible pero sin la silla, podría estar en cualquier rincón…
—¡Demonios! —exclamó Elijah antes de correr de nuevo hacia el archivo y él mismo junto con varios guardias de seguridad del edificio y Sebastian revolvieron aquel lugar de arriba abajo.
Estaban a punto de salir, con la misma frustración, cuando de repente Elijah se dio cuenta de algo que faltaba.
—¿Oyes eso? —preguntó y Sebastian arrugó el entrecejo.
—No, no escucho nada.
—Exacto, había como un zumbido raro hace unos minutos, pero ahora… ya no está —insistió Elijah y miró al jefe de seguridad con expresión interrogante.
—Deben ser las calderas de la calefacción —apuntó—. Están en un cuarto debajo de este.
—¡¿Hay un puto cuarto debajo de este y no se le ocurrió decirlo?! —gruñó Elijah con impotencia pero el hombre negó nervioso.
—¡Es que no tiene comunicación con este cuarto, señor Vanderwood! ¡Si lo tuviera el vapor habría arruinado los archivos! ¡El acceso está del otro lado del edificio, cruzando el recibidor, lo habríamos visto por las cámaras o…!
Pero las justificaciones no servían para Elija, que solo lo quitó de en medio con un gesto impaciente y se acercó a una de las paredes.
—¡Lynett! —gritó con todas sus fuerzas y el silencio se hizo absoluto. Parecía una locura esperar que le contestara pero eso no impidió que siguiera gritando—. ¡LYNETT! ¡LYNETT!

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