LA TRAMPA PERFECTA. CAPÍTULO 2. Un par de deseos cruzados
“¡Dispárale! ¡Anda, dispárale y vamos!”
“¿Para qué? ¿No ves que ya se está muriendo?”
“¡Tenemos que hacer el trabajo completo!”
“Y el trabajo está hecho, deja de molestar. Ahora súbete al maldito auto, que hay un casino esperándome en Las Vegas”
“¿Le quito la cartera…?”
“¡Pues claro que se la quitas, imbécil, esto tiene que parecer un robo!”
Las palabras eran lejanas y dolorosas mientras la sangre salía de la herida en su cabeza y el hombre sentía que cada uno de sus órganos se había roto por dentro. Sin embargo en cuanto su vista se oscureciera, olvidaría cada una de ellas y solo rogaría por no morir al costado de aquella carretera.
Quizás era un alma buena que se merecía que aquellas súplicas fueran atendidas, o quizás aquellos dos deseos se habían cruzado, porque algunas horas después una camioneta derrapaba muy cerca de él y escuchaba lejana y asustada la voz de una mujer.
Si no hubiera sido porque tenía la adrenalina a tope, probablemente Michelle se habría echado a temblar por llevar a un hombre lleno de sangre en la parte trasera de su camioneta, pero en aquel momento solo se concentraba en acelerar a fondo para llegar al próximo pueblo lo más pronto posible.
“¿Sigues viva? ¿Qué pasó?” escuchó a Eva en el altavoz del auto.
—¿Qué pasó? ¡Pues que tengo que aprender a decretar mejor, porque el universo me acaba de mandar al puto hombre más lindo del mundo… pero me lo mandó medio muerto en una zanja al costado de la carretera! —escandalizó Michelle.
“¡Oh, por Dios! ¡¿Y lo recogiste?!” se asustó Eva.
—¡Pero claro que lo recogí! ¿Qué querías que hiciera? ¡Está lleno de sangre y de golpes…! ¡No podía dejarlo ahí!
“¡Pero no sabes quién es! ¡A ver si va a ser un violador o algo…!”
Michelle giró la cabeza para mirar al hombre inconsciente en su asiento trasero.
—Bueno, si como está tiene fuerzas para tratar de violarme, yo hasta me ofrezco de voluntaria —soltó entre dientes porque aquel pobre tipo no podía estar peor.
Por suerte no habían pasado ni veinte minutos cuando divisó las luces de un pueblo y se detuvo en el primer bar donde vio gente.
—¡¿El hospital?! —gritó llamando la atención de unas muchachas—. ¿¡Dónde está el hospital!?
Una de ellas corrió hasta la camioneta y vio al hombre herido en la parte trasera.
—Sigue derecho hasta el tercer semáforo y luego a la derecha, no te puedes perder.
Michelle aceleró de inmediato y pocos minutos después veía el edificio enorme del hospital. Quemó llantas frenando frente a Urgencias y de inmediato salieron varios enfermeros con una camilla.

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