TOMO 2. CAPÍTULO 77. ¿Esto es real?
Solo aquellas palabras bastaron para que los ojos de Elijah se llenaran de lágrimas y los bajó al suelo para que Lynett no las viera. Sabía que se moriría de dolor en el mismo momento en que ella se subiera a aquel avión para marcharse, pero también sabía que tenía que dejarla ir, porque si en aquellos meses de paz a su lado aun no había logrado ser feliz, entonces no tenía caso seguir reteniéndola.
—Creo que ya fui un huésped por demasiado tiempo en la casa de tu padre —murmuró Lynett elevando las rodillas contra su pecho y envolviendo sus piernas en un gesto de autoprotección.
—Sabes que mi padre te adora. Literalmente te prefirió a ti que a mí —trató de bromear él con voz ahogada.
—Lo sé, el señor Rufus es muy lindo, pero ya han pasado algunos meses y… no sé, siento que ya no debo estar allá, necesito algo diferente —murmuró Lynett.
—Claro… claro… —Elijah se levantó, carraspeando y restregándose la cara—. Entonces ¿cuándo… cuándo quieres…? —sentía que la voz se le quebraba a casa momento pero aun así se obligó a continuar—. ¿Cuándo quieres irte?
—Pues… depende de cuánto tiempo me tome hacer la maleta —murmuró ella, pensativa—. Y de si la puedo traer aquí.
Elijah se dio la vuelta con la interrogación bailándole en los ojos junto con una esperanza diminuta, extraña, llena de ansiedad.
—¿Quieres… quieres venirte… aquí?
Ella se mordió el labio inferior antes de asentir.
—Emmm… Me gusta mucho estar aquí y es privado, confortable. Te puedo pagar renta si quier…
Pero no pudo terminar, porque un instante después Elijah la levantaba contra él con el gesto más posesivo del mundo y la apretaba contra su pecho.
—¡Estás loca! ¡Eres una puñetera loca! ¡Di las cosas de corrido, carajo, que me matas de un infarto y mira que yo pasé por uno! ¡No hay derecho! ¡No hay derecho! —exclamó asustado y casi dejó de respirar cuando escuchó la risa suave de la muchacha sobre su oído.
—Si no quieres que te dé otro infarto entonces no te digo lo demás —murmuró Lynett y Elijah se echó un poco atrás para mirarla a los ojos.
—Dispara.
—Bueno… esto es cómodo y confortable pero sigue siendo una cabañita aislada —sentenció ella con una mueca sugerente.
—Sííííí… Y hay lobos por aquí —replicó Elijah con dramatismo— Necesitas un par de perros guardianes para cuidarte. Te puedo conseguir un mastin, lo mando a comprar mañana mismo.
—¿No eran dos perros guardianes? —lo increpó Lynett.
—Yo me ofrezco voluntario —declaró él y la muchacha se levantó en las puntas de los pies para alcanzar su boca.
—Todo sea por mi seguridad.
Elijah ni siquiera podía describir aquel aleteo furioso en lo alto de su estómago, solo que aquella cercanía volvió a convertirse en una chispa que arrasó con todo lo que había en la mesa de trabajo, donde el trasero pequeño y coqueto de Lynett dejó su impresión una hora de sudor y gemidos después.
Había algo extraño en ellos, como una playa en calma en la que de repente se desatara la tormenta. Podían estar uno justo al lado del otro por días, construyendo aquellas cajas de música, hasta que de repente se daban cuenta de que se necesitaban hasta los gritos y más allá.

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