TOMO 2. CAPÍTULO 72. Una estupidez de crédito
¿Qué no sabía qué hacer? ¡Eso era más que evidente!
Elijah quería que la tierra se abriera a sus pies y se lo tragara, porque no podía entender por qué diablos estaba tan nervioso, pero lo único que pudo hacer fue contener la respiración mientras ella lo empujaba suavemente hacia el baño.
—No te va a pasar nada… quítate las botas —le dijo mientras intentaba no romper en carcajadas porque él se había puesto blanco como un papel.
Aun así lo vio descalzarse y empujó las botas a un lado con el pie, acercándose tanto a Elijah que él se pegó a la pared como una calcomanía, mientras ella solo se le restregaba con el noble propósito de llegar a la ducha y abrirla.
—Chiquilla…
—No te voy a hacer nada —aseguró ella. «Nada que no quieras», pensó para sus adentros pero realmente era muy tierno verlo tan nervioso.
Elijah miró al techo cuando la sintió abrir su cinturón y desprender cada botón de su bragueta con un movimiento seguro, hasta que el pantalón cayó al suelo.
—Date la vuelta —susurró Lynett con la respiración tan cerca de su pecho, que él se giró, apoyando las dos palmas en el azulejo frío o de lo contrario las pondría donde no debía.
Y esas manos se cerraron en puños en el mismo instante en que la sintió bajar despacio el elástico de su bóxer para ver el enorme moretón que ya se estaba formando sobre su nalga.
—Esto definitivamente fue muy abusivo —murmuró la muchacha con un suspiro condescendiente—. Y ahora me siento culpable porque traigas una pompita morada.
Elijah hizo un puchero porque lo último que había imaginado era Lynett llamara «pompita» a cualquier parte de su cuerpo, y se le escapó un jadeo ahogado cuando sintió su aliento caliente contra la piel de su espalda.
—Hueles a caballito recién nacido —sentenció—. Y eso es tierno, Vanderwood, pero no sexi y menos higiénico. Métete a bañar.
Lynett salió de allí sin mirar de más, y Elijah se restregó la cara, abriendo la ducha fría a todo lo que daba para que se le pasara aquella evidente calentura que por suerte ella no había visto en toda su… gloria.
Diez minutos después salía de allí para encontrarse una toalla y un pijama, y a Lynett perfectamente bañada también frente al televisor del cuarto, donde ya empezaba la película de Los Aristogatos.
No necesitaron hablar. Él solo alcanzó la taza de chocolate que ella le extendía y se sentó a su lado en el sofá, acurrucándose debajo de una manta solo para ponerse a protestar en el mismo momento en que salieran las hermanas Locuaz.
Sin embargo no tuvo tiempo para eso o para ninguna otra protesta, porque solo cinco minutos después el cansancio ya lo había vencido y Lynett le quitaba la taza de las manos antes de que volcara el chocolate que le quedaba.

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