TOMO 2. CAPÍTULO 71. Unas mariposas desatadas
Era preciosa. Más preciosa que nunca mientras reía de aquella manera, y Elijah sentía que el mundo era un lugar mejor solo por el hecho de que ella fuera feliz.
—¡Wow, te levantaste, bonita! —exclamó Lynett acercándose a la yegua y besándola en el cuello con cariño—. ¡Eres una campeona, sabía que podías! —sonrió con dulzura—. Pero a partir de ahora deja de ser tan calenturienta, que ya no podemos pasar más vergüenza con el veterinario. ¿De acuerdo?
El animal relinchó suavemente mientras Elijah se acercaba y la revisaba de nuevo. Necesitaría unas cuantas inyecciones para reponerse del todo, pero Sibeles estaba más que dispuesta regañando a su potrillo, y ese era el mejor indicio para su recuperación.
—Tuvo un machito —advirtió Elijah acercándose para ver mejor a la cría—. ¡Uff, Sian se va a volver loco!
Los dos rieron entusiasmados y en efecto, el niño no podía estar más emocionado cuando se despertó y supo que su yegua ya había parido. Obviamente le ahorraron los detalles escabrosos de que casi se les había muerto Sibeles, lo importante era que ya todos estaban bien.
—Creo que este es mi límite —dijo él después de acompañarla hasta cerca de la casa, deteniéndose en la verja del portón trasero.
—¿Vas a seguir trabajando? —se preocupó Lynett, porque sabía que él apenas había pegado ojo en toda la noche.
—No, me voy a casa de Nate a incordiar un poco antes de echarme a dormir, pero mejor me despido aquí —respondió Elijah y ella miró la línea entre los potreros y los jardines de la casa grande.
—¡No lo puedes estar diciendo en serio! —exclamó ella tratando de ahogar la risa—. ¡No seas tonto, ven a desayunar, no va a pasarte nada!
Tiró de él con seguridad y Elijah miró a todos lados antes de seguirla a la cocina. Lo único que se necesitaba era un poquito de silencio para comprobar que aquellos dos estómagos estaban rugiendo de hambre, y el olor a pan recién horneado hizo que todo fuera más dramático.
—¡Dios! ¡Podría comerme la bandeja entera! —suspiró Lynett metiéndose en la boca uno de los panecillos calentitos y lanzándole uno a Elijah, que lo atrapó al vuelo.
—¡Uff! ¡Esto merece mantequilla y un chocolate! —dijo con la boca llena.
—Yo voy por la mantequilla, y tú por el chocolate —le propuso Lynett señalando un estante bajo donde ponían el polvo para preparar chocolate, y se metió de cabeza en la nevera mientras Elijah se inclinaba a buscarlo.
Mala decisión de ambos.
Lo siguiente que escucharon fue el rifle rastrillándose a velocidad de miedo y lo próximo fue el grito de Elijah, que logró opacar incluso al disparo de aire comprimido.
—¡Papáááááá! —exclamó parapetándose detrás de la isla de la cocina, pero el mal ya estaba hecho.
—¡Te dije que nada de rondar a la niña! —le advirtió Rufus mientras su hijo se restregaba el trasero con una mueca de dolor.
—¡Señor Rufus, señor Rufus, espere, yo lo traje…! —gritó Lynett saliendo de detrás de la puerta de la nevera—. ¡Es mi culpa, yo lo traje! Yo lo traje… —murmuró mientras veía al anciano carraspear con fingida indiferencia.
—Bueno… en ese caso, podemos tomar esto como un crédito —sentenció mirando a Elijah—. Puedes hacer alguna estupidez que amerite que te dispare en el trasero y yo tomaré esto como retribución adelantada. ¿Entendido?
Vio a su hijo asentir desde detrás de la encimera y se aguantó la risa mientras se daba la vuelta y salía de la cocina como si no se hubiera equivocado en nada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana