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MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana romance Capítulo 2

TOMO 2. CAPÍTULO 70. Un regalo

—¡Esto es una locura, Elijah! —gruñó el veterinario, que a aquellas alturas ya tenía suficiente confianza con la familia como para llamarlo por su nombre de pila.

—Lo sé, pero es su decisión.

—¡Ni siquiera es dueña de la yegua! —siseó el veterinario en voz baja.

—Puedes asumir que es la dueña de todo aquí —replicó Elijah en el mismo tono—. Además, no sabemos si Sibeles no se va a recuperar.

—¡El animal está sufriendo…!

—¿Pero puedes garantizar al cien por ciento que se va a morir?

—¡No se está levantando! ¡No se está levantando ni por la cría! —lo reconvino el hombre y Elijah se mesó los cabellos.

—Lo sé, pero si fuera un animal salvaje se moriría en sus propios términos, sufriendo o no —sentenció él—. Así que a menos que puedas garantizarme al cien por ciento que se va a morir, entonces yo no voy a jugar a ser Dios, no con ella aquí —dijo mirando a Lynett de reojo.

El veterinario respiró pesadamente pero finalmente asintió. No podía garantizar que la yegua se fuera a morir o a salvarse, había cosas que simplemente no estaban en sus manos, así que se aseguró de dejar al potrillo en perfecto estado y luego se marchó, porque sabía que Elijah podía encargarse del resto.

Él volvió al cuartón en cuanto vio la camioneta desaparecer por el camino de la propiedad, y contuvo un suspiro cuando la vio hablando con Sibeles, susurrándole solo Dios sabía qué cosas, mientras el potrillo se acurrucaba contra su madre.

Las horas después de eso fueron largas y agónicas, hasta que finalmente las pastillas o el agotamiento vencieron la resistencia de Lynett y sobre las cinco de la mañana no hubo voluntad que la hiciera tener los ojos abiertos.

Solo sintió cuando Elijah la levantó en brazos, porque estaba rendida sobre el cuello de la yegua, y apenas alcanzó a protestar un poco.

—No me quiero ir…

—Está bien, está bien —susurró él en su oído—. Nos quedamos pero aquí al lado, para que Sibeles descanse, ¿de acuerdo?

Elijah se la llevó a un cuartón contiguo que estaba vacío, solo con grandes pacas de heno, y allí la acomodó sobre una manta antes de cubrirla con otra.

El resto de su madrugada se fue caminando de unos a otros, hasta que una de las tantas veces que fue a ver a Lynett se la encontró tiritando. Sin embargo al menor intento de levantarla de allí para llevársela a la casa grande, solo recibió protestas.

—Chiquilla, hay mucho frío aquí, y no tenemos calentadores. Vamos, deja que te lleve.

—Tú estás calentito —rezongó Lynett sin abrir los ojos.

—Sí, bonita, tú me pones hecho una estufa, pero no me puedo estar restregando contigo —se rio él.

—¿Y si yo te dejo?

—Ya me dejaste…

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