TOMO 2. CAPÍTULO 69. Una decisión difícil.
Aquella pretendía ser la frase más coqueta de la historia hasta que Elijah consiguió una respuesta que no esperaba en absoluto.
—¡¿Le pusiste un micrófono al caballo?! —lo acusó Lynett con tanta vehemencia que él abrió los ojos espantado.
—¡¿Eh?! No… yo le he puesto…
—¿Entonces Blair te está medicando? ¡Mira que hablar con el caballo es una cosa, Elijah, pero que el caballo te hable a ti…! ¿Te estás metiendo algo? ¡Si no la controlas no la consumas!
—¿Eh…? ¿Qué… cómo…? —Elijah balbuceaba aturdido, negando en medio de una extraña agonía hasta que vio a Lynett doblarse sobre sí misma con una carcajada estentórea.
No había pretendido burlarse de él, pero de repente parecía que se ponía nervioso por cualquier cosa cuando la tenía cerca y eso era demasiado tierno.
—¿Te estás riendo de mí? —preguntó él con un suspiro de alivio, como si no pudiera creer que ella fuera capaz de semejante maldad.
—Ah, lo siento. En mi defensa, a mí sí me está medicando Blair —respondió Lynett intentando contener la risa—. Te juro que a veces estas estupideces se me salen solas.
Elijah se mordió el labio inferior sonriendo también, porque le importaba poco que ella se burlara de él mientras fuera feliz.
—¡Estás olvidando algo importante, señorita! ¡Mi padre puede tener una escopeta, pero yo tengo el látigo de domar a los caballos! —le advirtió acercándose a ella, siguiéndole aquel juego.
—¿En serio? ¿Y quieres que te pegue con él? —preguntó Lynett con tanta inocencia que un segundo después la carcajada era compartida y los dos terminaban recostados a una pared mientras el estómago empezaba a dolerles.
—Me gusta escucharte reír —murmuró él por fin, mirando al enorme vacío de una pared frente a ellos—. Es el sonido más lindo del mundo.
Lynett pasó saliva despacio, pero antes de que pudiera replicarle algo, un relincho interrumpió aquella conversación.
—Eso no se escuchó bien —dijo Lynett poniéndose seria de repente y Elijah negó.
—No, se oye muy bien, así exactamente tiene que sonar —replicó—. Pero eso significa que la yegua de Sian se puso de parto. Será mejor que vayas a dormir y yo llamaré al veterinario. Cuando despiertes por la mañana ya tendremos otro potrillo en la familia.
Lynett asintió y se dio la vuelta para dirigirse a la casa, mientras Elijah se quedaba en las caballerizas, llamando al veterinario. Sin embargo podía sentir su mirada clavada en ella a medida que se alejaba, una mirada que no se despegó de sus faldas hasta que se aseguró de que entrara en la casa, segura.
Lynett subió a su habitación con un suspiro cansado, había tenido un día largo y se suponía que sus pastillas para dormir ya debían haberle hecho efecto, pero el sueño todavía no le llegaba y sobre una de las mecedoras de su cuarto vio las mantas que había comprado para el potrillo de Sian.
Las tomó sin dudarlo y regresó de inmediato a las caballerizas, sorprendiendo a Elijah con un chocolate caliente porque no había olvidado pasar por la cocina primero.
—Chiquilla…
—¿Me puedo quedar? —preguntó Lynett sin darle tiempo a reaccionar mucho—. Sé que no puedo ayudar en nada y tampoco quiero ser un estorbo, pero…
—¡No, no! ¡¿Cómo se te ocurre?! ¡Sí puedes ayudar, puedes ayudar mucho! —la interrumpió él apurado—. Mira, Sibeles ya se echó, si le hablas bonito seguro que se calma.

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