TOMO 2. CAPÍTULO 65. Alguien que sí sabe
—Lynett… nena por favor… tienes que levantarte, vamos… tienes que levantarte.
Elijah no sabía ya si lo que salía de su boca era una súplica, una orden o el epítome de la desesperación, pero habían pasado cuatro días desde que habían llegado a Texas, y literalmente no conseguía que Lynett se levantara de aquella cama.
Comía a regañadientes, iba al baño a regañadientes, y el único momento en que abría los ojos era mientras él le hacía el amor como un poseso, ¡solo para asegurarse de que estaba viva!, porque le bastaban minutos después de aquellos clímax devastadores para pegarle la cabeza a la almohada y echarse a dormir de nuevo.
—Déjame… —gruñó ella entre dientes y se giró hacia el otro lado, evadiéndolo.
—Chiquilla, por favor, mírame… mírame…
Pero aunque la levantó, la mimó, la regañó… sin importar lo que salía de su boca, simplemente era como la m*****a bella durmiente, no tenía fuerzas para levantarse, no quería abrir los ojos, no quería ponerse de pie.
—¡Ya no sé qué hacer! ¡Me estoy volviendo loco! —exclamó al teléfono mientras hablaba con Lieberman, porque no tenía idea de qué podía hacer y por más que le molestara, era evidente que el abogado era una de esas personas que la conocía mejor que él.
—Dame unas horas, voy a mandarte a quien sí sabe qué hacer —replicó Lieberman y Elijah se cubrió el rostro con las manos ante la mirada preocupada de su padre y de sus hermanos.
—Necesita una psicóloga —aseguró Nate con un suspiro preocupado—. No me malentiendas, no me molestaría que se quedaran a vivir permanentemente en la cabaña si eso te hace feliz, en este punto ya la puedo rentar por noche… pero la cosa es que necesita ayuda.
—O motivación —replicó Rufus cruzándose de brazos.
—Es lo primero que te va a decir la psicóloga —lo apoyó Nate—. Alias “mi mujer”. ¿Por qué no la dejas visitarla? Blair es capaz de arreglar a quien sea, te lo juro. Si me pudo arreglar a mí…
Elijah pasó saliva y asintió. Sabía que tenían muchas cosas rotas por arreglar, pero si era honesto le daba terror que todo aquel dolor emergiera con alguien de la familia.
Sin embargo eso era algo que tampoco se podía cambiar, todo lo que la había hecho sufrir, todo lo que había roto en ella. Ahora simplemente la barrera estaba desbordada y no hacía falta ser un especialista para entender eso.
—¿Puedes pedirle que venga? ¿Por favor? —le pidió, pero Blair estaba apenas discutiendo las estrategias familiares con el señor Rufus, cuando aquel auto entró por el portón principal y Gianni Grecco se bajó de él.
Elijah contuvo el aliento cuando reconoció al italiano del que no sabía ni el nombre, pero que por alguna razón había estado rondando cada movimiento suyo mientras trataban de librar a Lynett del cargo de asesinato.
—Tú eres el que sí sabe qué hacer —murmuró con el corazón estrujado y el pianista se limitó a estrechar su mano con un gesto educado pero hosco.

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