TOMO 2. CAPÍTULO 51. Una suegrita querida
Lynett contuvo el aliento cuando aquella maceta cayó a sus pies, tan cerca como para lastimarla con los fragmentos de cerámica, y un segundo después vio a Adaline girarse hacia otra de las presas.
—¡¿Eres idiota o te haces?! —siseó con tono amenazante y la mujer, veinte años menor que ella y más tatuada, se le enfrentó.
—¡Soy lo bastante inteligente como para saber que sacaron a mi compañera de aquí por culpa de ustedes! —siseó—. Ahora tiene que limpiar los baños de los oficiales porque tuvieron que trasladar aquí a la jorobada de Notre Dame y a su gárgola.
El cierto punto el sarcasmo y la ofensa dominaron su tono, pero la expresión peligrosamente sonriente de Adaline la hizo retroceder.
—Si fueras lo bastante inteligente, sabrías muy bien lo que pesa una gárgola, estúpida —siseó—. Y sabrías lo fácil que puede romperte la cabeza si te cae encima.
Lynett miró la escena con el corazón latiéndole a mil por minuto, y no fue capaz de serenarse ni siquiera cuando otra de las presas se metió en medio.
—Vamos, Sole. Vámonos de aquí. No te enredes con esta…
Por desgracia, no parecía que la tal Sole estuviera muy conforme con una retirada, y terminó haciéndole un gesto a Adaline como queriendo decirle que aquello no se terminaría allí.
La mujer se giró hacia Lynett y miró aquel corte que se había hecho cerca del tobillo. Alcanzó un trapo limpio que había cerca y se lo vendó un poco con cierta destreza, asegurándole que la llevaría a la enfermería cuando el turno terminara.
—Este es el problema de la m*****a prisión. Nadie entiende lo difícil que es salir una vez que estás adentro —gruñó Adaline—. Siempre hay alguna idiota que se te pone al tiro, siempre hay alguna que quiere probar fuerzas, y al final acabas pagando dos sentencias más por romperle las costillas, aunque lo hagas por defenderte.
Lynett la miró con curiosidad.
—¿Eso le pasó a usted? ¿Se tuvo que defender? —le preguntó y vio a Adaline echarse atrás, recontándose en una de las bancas del invernadero mientras encendía un cigarrillo.
—¿Quieres saber la verdad? —preguntó con sorna—. La verdad es que si hubiera hecho lo que tenía que hacer a tiempo, no estaría aquí. Realmente no quería matar a mi marido, Rufus siempre me dio una buena vida, fue un esposo amable, protector con sus hijos… —le contó pensativa.
—¿Entonces por qué trató de matarlo? —la interrogó la muchacha sin comprender.
—Pues porque ya estaba hasta el cuello. Tenía secretos que otra gente dominaban, así que un consejo de esta vieja gárgola: no dejes que nadie sepa tus secretos —respondió Adaline soltando el humo antes de inclinarse hacia ella—. No quería matar a Rufus, pero tuve que intentarlo cuando las cosas se me salieron de las manos. A la que debí matar en primer lugar y desde hace muchos años fue a la estúpida de mi amiga Paloma, que me tuvo chantajeada toda la vida; y que ahora debe estar por ahí, en la pobreza pero libre, después que arruinó la mitad de mi vida.
Lynett sintió que algo se revolvía en su estómago cuando vio aquella risa velada en los ojos de su “suegrita querida”.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana