TOMO 2. CAPÍTULO 50. Una espada de doble filo
Se permitió cerrar los ojos por un segundo. Lynett no sabía si estaba haciendo aquello conscientemente o si solo se estaba dejando arrastrar por aquella marea, tratando de que no la ahogara.
Elijah le había dolido durante mucho tiempo, era un hecho innegable, pero por desgracia era el menor de los monstruos que acechaban en su oscuridad, y por primera vez parecía determinado a defenderla.
Sintió un vacío extraño en el momento en que aquel abrazo se rompió y él la besó en la frente.
—Vendré mañana de nuevo, te lo prometo. Pero ahora tengo que ir a encargarme de esto —advirtió y la vio asentir con tristeza—. Te amo, chiquilla. Pase lo que pase, duerme tranquila porque pronto vas a estar fuera de aquí.
Pero por desgracia, no había promesa que pudiera calmar el corazón de Lynett, especialmente cuando tenía que volver a aquella celda con la madre de Elijah. Que la señora estuviera dispuesta a protegerla era una cosa, y que fuera una buena compañía era otra muy diferente.
En efecto, esa misma tarde las pusieron en una de las áreas menos conflictivas, a trabajar en un pequeño invernadero que tenía la prisión, porque la señora Vanderwood sabía bastante sobre plantas. Lo malo era que tenían que caminar bastante para llegar allá, y Adaline casi siempre terminaba perdiendo la paciencia con ella.
—¡Por Dios! ¡Si seguimos demorándonos tanto nos van a cambiar de trabajo! —rezongó ante la lentitud de Lynett—. ¿Quieres que te pida una silla de ruedas mejor?
La muchacha la miró con molestia y Adaline puso los ojos en blanco.
—De verdad no lo entiendo. ¿Qué fue exactamente lo que mi hijo vio en ti como para dejar a un lado todo su orgullo y pedirme ayuda? —gruñó con frustración.
Sin embargo lo único de todo aquello con lo que Lynett decidió quedarse fue con el hecho de que Elijah estaba haciendo un sacrificio mayúsculo por ella, porque no le cabía la menor duda de que bajar la cabeza ante Adaline era un gran sacrificio.
—Si quieres puedo darte unas clases de lo que me vio —siseó sin mirarla—. Así a lo mejor tendrías a alguien que quisiera sacarte de aquí como él quiere sacarme a mí.
Siguió andando penosamente, pero aquella certeza le daba un poco de fuerzas para soportar el dolor de su pierna y continuar.
Mientras, Elijah había llevado la autorización formada por Lynett y Lieberman había conseguido que la orden para exhumar el cadáver fuera puesta en vigor de inmediato.
Por supuesto que tener al Comisionado Norton había acelerado todo, incluso bajo las protestas del fiscal, a las que no le habían hecho ningún caso.
—¿Estás nervioso? —preguntó Sebastian mientras veían cómo sacaban el ataúd.
Elijah había estado decidido a acompañar el proceso para asegurarse de que nada se saliera de lugar, y Norton también estaba allí para validarlo junto con dos forenses y oficiales condecorados de la policía de Nueva York.
—¡Me estoy muriendo de los nervios! —sentenció Elijah por lo bajo antes de girarse hacia el Comisionado que había venido a ayudar—. ¿Cree que podamos encontrar evidencia del Talio en él, o ya será demasiado tarde?

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