TOMO 2. CAPÍTULO 45. Una promesa
Lynett ni siquiera sabía qué diablos era lo que sentía, solo que había esperado que el peor de sus enemigos se pusiera contra ella, y ahora resultaba que estaba en sus brazos, mientras Elijah besaba su cabeza con desesperación y le decía que creía en su inocencia.
—Tranquilízate, por favor, tranquilízate, nena, todo va a estar bien, mírame… Mírame…
Elijah despejó su rostro lleno de lágrimas y la besó en cada mejilla, sin importarle que ella apenas pudiera respirar.
—Ven acá. Cálmate, por favor, cálmate, todo va a estar bien, te lo prometo.
La acomodó en su regazo, sentándose en la pequeña cama, y Lynett enredó los brazos en su cuello, sollozando contra él sin poder contenerse.
Elijah la abrazó con posesividad y la dejó que se fuera calmando poco a poco, porque aquel estallido de desesperación tenía que parar en algún momento.
—Yo no sabía… te juro que no sabía… —Fueron las primeras palabras que salieron de la boca de la muchacha en tres días y Elijah elevó la mirada, dando gracias al cielo por poder escuchar su voz.
—Yo sé que no sabías, nena, a ver, mírame… —le suplicó en voz baja y suave—. Sé que no sabías nada, lo único que quiero es asegurarme de que no tengas nada de eso en tu sistema. Vamos a hacerte análisis a ti también, por favor. No sabemos en qué otras cosas de tu padre pudo estar ese veneno.
Lynett lo miró con desesperación mientras las lágrimas seguían corriendo silenciosas por sus mejillas.
—Yo… no toqué muchas cosas… yo no sé… —balbuceó aturdida, pero en medio de aquella neblina que era su cabeza, los ojos de Elijah parecían ser la única luz frente a ella—. No me… no me he sentido mal…
—Eso me tranquiliza, pero prefiero estar seguro. Dicen los informes que el talio se absorbe por la piel y es de efecto largo, pero yo no solté las malditas herramientas en dos semanas seguidas —suspiró él acariciando el rostro de la muchacha—. Pero te prometo que vamos a resolver esto, te vamos a sacar de aquí, yo sé que tú no trataste de lastimarme.
El temblor en el cuerpo de Lynett era demasiado, y Elijah solo pudo abrazarla con más fuerza contra su pecho, tratando de calmarla.
—Voy a sacarte de aquí, sin importar lo que me cueste, ¿entiendes? —susurró en su oído—. Voy a sacarte de aquí como sea, nena. Por favor confía en mí… sé que no me lo merezco, pero por favor confía en mí.
Lynett asintió despacio, cerrando los ojos mientras intentaba respirar un poco mejor, pero en aquel momento sentía que lo único que la mantenía cuerda era tener alrededor de ella a un hombre que le creía, que le creía completamente a pesar de todo.
—El fiscal… —murmuró por fin—. Dice que tiene pruebas, Elijah. Dice que tiene declaraciones, testigos, evidencia de que yo traté de matarte. ¿Tú…? ¿Sabes algo de eso?

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