TOMO 2. CAPÍTULO 42. Una acusación
Había que estar loco o tener muchos pantalones para sacar a aquella orden de arresto cuando se sabía que del otro lado se tendría a Jacob Lieberman como oponente, así que el detective optó por la visita personal, el anonimato y la rapidez mientras le pedía al juez que firmara los documentos pertinentes.
Quizás por eso cuando el abogado recibió aquella alerta, no hubo tiempo más que para apresurarse a llegar a la mansión Evans y advertirle a Lynett lo que definitivamente no debía hacer.
—¡Ni una palabra! ¿Me oyes? ¡No digas ni una sola palabra hasta que yo no llegue contigo! —exclamó entrando a la biblioteca porque la policía venía pisándole los talones.
—¿Qué…? ¿De qué estás hablando? —preguntó asustada pero la respuesta le llegó del mismo detective que había estado antes en el hospital.
—Señora Lynett Evans, por favor acompáñenos, queda detenida como principal sospechosa en el intento de asesinato de Elijah Vanderwood.
Los ojos de la muchacha se abrieron desmesuradamente y miró a Lieberman con la desesperación reflejada en el rostro.
—¡Ni una palabra, Lynett! —le recordó él y la muchacha sintió que estaba sumergiéndose de nuevo en la pesadilla en el mismo momento en que le sujetaron las manos a la espalda y le pusieron las esposas.
—No puede ser… —susurró para sí misma mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de impotencia—. Esto no puede estar pasando, no puede ser…
No escuchó ni una sola frase de aquella lectura de derechos, y su cerebro estaba tan embotado que ni siquiera fue capaz de entender lo que estaba pasando o cómo había llegado desde la casa hasta la comisaría. Pero una hora después y mientras intentaban llenar de papeleo a Lieberman para entretenerlo, aquel aturdimiento había hecho que el detective aun no consiguiera que dijera ni una palabra.
Finalmente, el abogado entró como una tromba y mandó a todos a freír espárragos.
—¡Cada una, absolutamente cada una de las pruebas que tiene son circunstanciales! —rugió molesto al ver el estado de ansiedad de la muchacha—. ¡No tienen ni una sola prueba de que mi clienta esté involucrada en ese atentado!
—Pero a veces las circunstancias son determinantes, señor Vanderwood, hay precedentes en el tribunal, usted lo sabe mejor que nadie —replicó el fiscal—. Tenemos el arma homicida, o mejor dicho, las armas, porque el juego de herramientas envenenado con Talio con que se envenenó a Elijah Vanderwood le pertenecía a su clienta y ya fue debidamente reconocido.
—¿Reconocido por quién? ¿Reconocido por ella? —espetó Lieberman y Lynett negó en medio de su mutismo—. ¿Reconocido por quién, entonces?
—Las evidencias pertinentes se le ofrecerán antes del juicio, abogado, pero debe saber que tenemos y móvil, un medio y una vía de escape. Ya buscamos el manifiesto de vuelo del avión privado en el que pensaba marcharse del país, al parecer la señora estaba esperando a asegurarse de que su víctima muriera para escapar.
—¡Esa es una estupidez! —bramó Lieberman—. ¡Ese es mi maldito avión!
—Y como abogado no puedo enjuiciarlo por complicidad… todavía —siseó el fiscal, que parecía más que decidido a ganar un caso de alto impacto como aquel que impulsara su carrera—. La cuestión es que no necesitamos su confesión. Sus huellas están en la cartuchera de las herramientas, ella se las dio al señor Vanderwood, y eso fue lo que lo envenenó.
—¡Ella no tenía ni idea de que esas herramientas estaban envenenadas! —siseó Lieberman—. Se está equivocando, señor Fiscal, y se está equivocando mucho.
—Supongo que eso lo determinará un jurado de sus pares, licenciando Lieberman. Nos veremos cuando el juez le ponga fecha al juicio.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: MALDITA TENTACIÓN. Engañada por el prometido de mi hermana